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¿A QUIEN LE PERTENECE JACQUES LACAN?

¿A quién le pertenece Jacques Lacan?*

Gustavo Sánchez[1]

 

De ser cierto lo que se rumorea aquí –que Lacan emancipa–, estaríamos ante la posibilidad de una alteración de las formas. Evidentemente, la principal forma que se busca alterar es la forma-política, aunque ello implicaría necesariamente la alteración concomitante de la forma-publicación, dado que los mecanismos de producción y reproducción del saber están entretejidos más allá de lo saludable con las lógicas político-económicas. Es en la medida que se persigue tal alteración de las formas dominantes de la actualidad, pues, que parece legítimo el gesto de este texto: una reseña que no está sujeta a la forma-reseña, que más bien la parasita y la contamina. Porque a pesar de que surja como una reflexión a propósito del libro Lacan en las lógicas de la emancipación[2], y aunque se la inscriba –se la archive– en la sección de reseñas, lo cierto es que se trata menos de una catalogación de virtudes que interpelen hacia su lectura que de una pausa para pensar las condiciones de posibilidad del desplazamiento que procura. Y creo que lo que subyace a dicho desplazamiento es la pregunta respecto a quién le pertenece Lacan.

Por supuesto, la pregunta alude a aquella que se hiciera Judith Butler sobre Kafka. La historia es conocida: Kafka legó su obra a su amigo y editor Max Brod con la instrucción expresa de quemarla tras su muerte, voluntad que Brod no respetó, permitiendo que hoy podamos conocer, entre otros, El proceso, El castillo o América. Sin embargo, también posibilitó que, por una serie de contingencias biográficas y procesos judiciales, en la actualidad el legado de Kafka esté bajo la custodia de la Biblioteca Nacional de Israel. Butler, que al momento de escribir su ensayo no conocía la sentencia definitiva de dicha custodia, llama la atención sobre cómo el argumento de la Biblioteca Nacional descansaba en la pretensión de que Kafka constituye un “activo” del pueblo judío y, más importante aún, de que el Estado de Israel representa al pueblo judío. Posteriormente, se detiene en el hecho de que allí donde algo es considerado un activo, necesariamente se producirán pasivos. Señala Butler:

Importa que Israel llegue a ser dueño de la obra, pero también que la obra sea guardada dentro del territorio establecido del Estado, de modo que cualquiera que quiera leer y estudiar dicha obra deba cruzar la frontera israelí e involucrarse con sus instituciones culturales[3].

Por tanto, para Butler importa porque, por un lado, existen muchas personas excluidas de la posibilidad de cruzar dicha frontera y, por otro lado, porque una serie de artistas, actores e intelectuales están activamente involucrados en un boicot académico-cultural ante la ocupación israelí. Doble consecuencia entonces: no todos pueden entrar y hacerlo implica reconocer, al menos implícitamente, la legitimidad del Estado de Israel para apropiarse del legado de Kafka.

¿Cuál es la relación de todo esto con Lacan? Según creo, también una doble. En primer lugar, me parece que, en alguna dimensión, Lacan llegó más lejos que Kafka en su deseo por prender fuego a su obra. Se me reprochará no sólo que existen las condiciones mínimas para que podamos identificar algo así como una “obra” de Lacan, sino también que ambos casos no son comparables: mientras uno pidió expresamente que quemaran su obra, y evitar así que ésta le sobreviviese; el otro, al menos si seguimos la lectura de Roudinesco[4], estaba obsesionado con quedar en la historia. Ahora bien, la manera en que Lacan logra su cometido, ¿no es, en algún grado, equivalente a quemar su obra? No se puede pasar por alto el hecho de que buena parte de ésta haya tenido, y aún tenga, que reconstruirse sobre la base de audios y apuntes dispersos –lo que Derrida denominó el “archivo no dominable”–[5], al tiempo que aquello que efectivamente escribió esté lacónicamente titulado Escritos, gesto que hace recordar a los personajes de Saramago que, antes que por sus nombres, son tratados sobre la base de sus funciones sociales o atributos (el médico, la esposa del médico, el viejo de la venda negra). De esta manera, la obra de Lacan no ha requerido sólo de un ejercicio de desciframiento ante su uso mucho más evocativo que explicativo del lenguaje, sino que, además, ha tenido que ser “rescatada” ante la amenaza de su desaparición. En otras palabras, Lacan forzó a quienes deseaban seguir su enseñanza a caminar sobre brasas.

En segundo lugar, y aquí arribamos al punto central, el que su enseñanza fuese organizada por otros –el Otro de Lacan, podríamos decir– nos confronta con una particularidad que emerge en forma de advertencia cuando abrimos cualquiera de sus Seminarios: “única edición autorizada”. ¿Qué quiere decir esto? Lo explícito: que el texto establecido por Miller es el único legítimo, el que traza los límites, y que cualquier palabra por fuera de éstos es apócrifa. Lo implícito: que no hay una “obra” de Lacan en estricto rigor. De la misma manera que Miller no habla de sentido sino de “efectos de sentido”[6], podríamos decir que con Lacan no estamos frente a una obra sino ante un “efecto de obra”. O, retomando los términos de Derrida, la advertencia se encarga de sostener un archivo que se propone des-conocer las múltiples archivaciones de las que fue parte la enseñanza lacaniana, procurando una equivalencia entre Lacan y su archivo oficial.

Parafraseando entonces a Butler, importa que la obra de Lacan esté guardada dentro del territorio establecido por su “única edición autorizada”, porque cualquiera que desee leer y estudiar dicha obra deberá cruzar la frontera milleriana e involucrarse con sus instituciones culturales. Pero vale la pena subrayar aquí que la existencia de sólo una edición autorizada no es en sí el mayor de los problemas, sobre todo si consideramos que el archivo no es sino el domicilio de quienes han sido investidos por la ley con las competencias hermenéuticas de los documentos oficiales[7]. Lo que se vuelve problemático es que de la “única edición autorizada” se pase a los “únicos usos autorizados” de la enseñanza lacaniana, lo que no se podría decir que es inusual en muchas de sus instituciones culturales. En este sentido, el hecho de pensar a Lacan “en las lógicas de la emancipación”, el sugerir que su enseñanza podría tener efectos en el campo de lo político, constituye, sin duda, una forma de desoír la advertencia, de desafiar sus instituciones culturales y de alterar sus fronteras.

Resulta fundamental, entonces, detenerse en el subtítulo del libro que funge como excusa de este escrito: “A partir de los textos de Jorge Alemán”. Fundamental, porque postula como condición sine qua non la presencia de un otro, porque asume que la posibilidad de situar a Lacan en el terreno de la emancipación –que por necesidad lógica no le es consustancial, de lo contrario carecería de sentido destacar que Lacan se encuentra allí– está dada por la presencia de otro: debe hacerse con el nombre de otro. En su intervención en el Coloquio Internacional “Lacan con los filósofos”, Derrida se preguntaba por las posibilidades enunciativas del “con”, por aquello que permite e implica sostener que se está “con” alguien. Y decía que, entre otras cosas, “con” puede significar “en casa de”, vale decir, puede asumir la forma del invitado o del intruso, del huésped o del parásito[8]. Pienso que éste es precisamente el motivo por el cual, para concebir la posibilidad de que Lacan esté en las lógicas de la emancipación, se requiere trabajar con un Jorge Alemán que, suspendido de sus demás cualidades, opere como intruso o parásito de la enseñanza lacaniana y de los usos legítimos establecidos por sus instituciones culturales.

Desde esta perspectiva, la importancia de la obra de Alemán no radicaría tanto en su habilidad para trabajar con la enseñanza lacaniana propiamente tal, sino más bien en su capacidad para producir con lo Real de su establecimiento. Ello implica asumir su trabajo como el de un pensador del exceso espectral del archivo lacaniano, de su dimensión “no dominable”, y de las posibilidades que abre su articulación con otros saberes y prácticas. Si se llama a Alemán, si se lo invoca para pensar con él las condiciones de la emancipación, es porque su obra permite tender puentes con las múltiples archivaciones lacanianas, con el inconsciente de su archivo oficial –sobre este punto, Derrida ha insistido que el inconsciente es otra forma de registro, otro archivo–.

Una última reflexión sobre el acto de llamar. Invocar a Alemán para pensar las lógicas de la emancipación es la puesta en juego de un deseo, un deseo de emancipación. Sin embargo, vale la pena recordar que no hay nada inherentemente emancipador, por lo que es de esperar que el deseo que moviliza ese llamar no desemboque en llamas, vale decir, en un arder de deseo. En septiembre de 1993, a raíz de las polémicas desencadenadas por la biografía de Lacan escrita por Roudinesco, Le Nouvel Observateur se preguntaba en su portada: “¿Hay que quemar a Lacan?” [Faut-il brûler Lacan?]. Desde que el propio Lacan se encargó de aquello, y considerando que su enseñanza implica que el sujeto debe responsabilizarse por su deseo, parece prudente evitar el fuego.


[1] Sociólogo e investigador. Co-editor de las colecciones de Ciencias Sociales y La lengua del Otro (psicoanálisis cultural) de Pólvora Editorial.

[2] Ricardo Espinoza, Rodrigo Rojas, Mariano Ruperthuz, Timothy Appleton & José Alberto Raymondi (eds.), Lacan en las lógicas de la emancipación. A partir de los textos de Jorge Alemán (Santiago: Pólvora Editorial, 2018).

[3] Judith Butler, ¿A quién le pertenece Kafka?, en ¿A quién le pertenece Kafka? (Santiago: Editorial Palinodia, 2014), p. 12

[4] Élisabeth Roudinesco, Lacan. Esbozo de una vida, historia de un sistema de pensamiento (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2016).

[5] Jacques Derrida, Por amor a Lacan, en Biblioteca del Colegio Internacional de Filosofía, Lacan con los filósofos (México D. F.: Siglo Veintiuno Editores, 1997).

[6] Jacques-Alain Miller, Sutilezas analíticas (Buenos Aires: Paidós, 2012).

[7] Jacques Derrida, Mal de archivo. Una impresión freudiana (Madrid: Editorial Trotta, 1997).

[8] Jacques Derrida, Por amor a Lacan, op. cit


*Este texto fue publicado y está disponible en https://lacaneman.hypotheses.org/37


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