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¿Cuál es la razón?

¿Cuál es la razón?

por Fabiana Rousseaux

 

Ante el debate que se disparó necesariamente en estos días tras el trágico episodio ocurrido en Gesell, lo que debemos saber es que la respuesta a este hecho –muy probablemente sin ninguna razón–, llegará retroactivamente. Muchas de las cosas que digamos acerca de los motivos, corre el riesgo de las generalizaciones e imputaciones –incluso no deseadas–, porque ni la mayoría de los jóvenes varones matan a otro para demostrar su masculinidad, ni por consumir alcohol y drogas cualquiera es capaz de matar, ni el rugby empuja a quienes lo practican a asesinar a patadas a otro, ni la cuestión de clase ejerce un impulso tal que explique que un pibe de clase media, canchero e incluso patoteril, no sea capaz de frenar ante las cámaras que lo filman mientras destroza el cuerpo de otro pibe y se vaya a dormir como si nada, con la camisa llena de sangre, ni la impunidad de clase lo lleva por sí misma a no calcular las consecuencias de ese acto criminal: la cárcel. Ninguna de estas cuestiones son en sí explicaciones ante un hecho semejante.

En todo caso, el desanudamiento de los lazos sociales provocado por décadas de debilitamiento de la ley simbólica, la destrucción del efecto de freno que deberían imponer las leyes del Estado (encarnadas muchísimas veces por sujetos que han ejercido esa función para sortear la ley o acomodarla a medida), los años de prácticas patoteriles por parte del terror de Estado, irrumpiendo en las casas con 20/30 personas armadas atacando y asesinando a personas desarmadas y niños/as, la des-responsabilización de todas las instituciones que intervinieron en la escena de Gesell (la seguridad del boliche y la policía miraban la escena pero nadie intervino, declaró una piba que estaba allí), el boliche diciendo «en las inmediaciones del lugar» en su comunicado, como si la cosa no hubiera empezado «dentro del lugar» y ellos no los hubieran sacado para quitarse el problema de encima y que se maten afuera, mirando cómo se sucedían los hechos, inconmovibles; los que filmaban la escena ya no se sabe si por pura pasión voyerista u otra cosa; y como si durante el macrismo no hubiera habido una reafirmación y aval desde el propio Estado en torno a los linchamientos (aplaudidos por muchísimas personas de la sociedad civil, también).

Hasta hoy existe un crimen, pero falta –en un sentido estricto– el/los criminal/es. Estos pibes, ahora devenidos en asesinos, aún no han atravesado la experiencia de la ley que impone el peso de la sanción penal ante el acto que acaba de destrozarles la vida a ellos también. Todos sentimos impotencia, dolor y deseo de que esto no quede impune, ante las imágenes del odio desembozado de estos jóvenes que se parecen mucho a las patotas pro-nazis que abundan en el mundo y nos generan indignación. No fue en nombre de un ideal de derechas siquiera, fue en nombre de nada, de la camisa manchada de vino por un choque de los cuerpos. No hay más explicación que esa por ahora. Solo la ley podrá abrir la posibilidad de una razón otra, retroactivamente y para cada uno de los pibes que participaron, cuando los ahora criminales asuman su crimen.

Desde Freud en ese cúmulo de textos que van de 1920 a 1930 sabemos de la pulsión de muerte y la tentación de martirizar al otro, hasta Lacan en 1950 cuando en ese magnífico texto «Introducción teórica a las funciones del psicoánalisis en criminología», plantea la cuestión de la verdad del acto y la asunción lógica del acto.

Mientras tanto, la justicia tiene la oportunidad de ejercer su lugar y el Estado todo, encarnado en funcionarios que ya se han opuesto a la lógica del linchamiento e impunidad, logren a través de todas las áreas disponibles, restituir las fronteras de la ley y la palabra.

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