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EL ANALISTA Y LO PÚBLICO

El analista y lo público[1]

JUAN MITRE

 

Prejuicios

Me encontré con el libro Mitomanías argentinas[2] de Alejandro Grimson, quien es doctor en antropología. Allí desmenuza mitos argentinos, que en general son mitos de clase. Sostiene que vivimos en “Mitolandia”. Por ejemplo, uno de los mitos que desmonta es ese que dice que “los pobres van a un acto por la coca y el choripán”. Otro, aquél que afirma que los que recibían las casas del primer peronismo “hacían asado con el parquet”, o también aquél que dice que “los argentinos descendemos de los barcos”, por citar algunos…

Pero hay un mito que me interesó particularmente, porque tiene que ver con nuestro tema, aquél que señala: “Lo público es ineficiente en relación con lo privado”. Grimson afirma que es un mito, que aparte de no ser necesariamente cierto —y da ejemplos al respecto— oculta décadas de desinversión, por ejemplo, en salud y educación.

Pero cuando lo leí me hizo pensar, ya que lo he escuchado varias veces enunciado de distintas formas. Y lo que pensé —y lo abro aquí como pregunta— es si incluso los que trabajamos en el ámbito público (no todos, por supuesto, y en distintas medidas) no estamos tocados en algún punto por ese mito.

Por ejemplo, he escuchado a colegas hablar de “pobreza simbólica” en relación a pacientes marginales no escolarizados. Lo que aparte de ser un error conceptual, es claramente un prejuicio, y un prejuicio de clase. Entonces, también me pregunto si un análisis toca lo que podemos llamar “ideas de clase”. Claramente un análisis desprejuicia, pero ¿conmueve realmente las ideas de clase social que se tienen?[3] No creo que sea algo menor cuando se trabaja en el ámbito público con poblaciones de muy bajos recursos económicos y, por ende, pertenecientes a otra clase social, incluso —diría— a “otra cultura”. Lacan, si bien fue estructuralista (cuando fue estructuralista) nunca estuvo en contra del relativismo cultural. A veces, ante ciertas poblaciones, me parece que es conveniente poder hacer cierta lectura “antropológica” (lo escribo entre comillas) antes de intervenir, ya que conviene entender cuáles son los códigos, las prohibiciones, los pactos, los ritos, los ideales, las identificaciones, los modos de realizar un duelo… que cada cultura o “subcultura” ofrece a sus miembros.

Considero —y es una posición— que no hay diferencia a priori (subrayemos el a priori) entre un psicoanálisis en el ámbito público y un psicoanálisis en el ámbito privado. Se trata de contextos distintos, por supuesto. Pero la cuestión central es el encuentro entre un analista y alguien que tal vez decida transformarse en un analizante. Y, además, de un analista se pueden hacer diferentes usos. ¿Por qué cierto uso sería mejor que otro?

 

Doble agente

“Salud para todos” es un ideal que rige la atención de la salud pública: que toda la población tenga derecho a la salud. Como practicantes del psicoanálisis en lo público estamos tocados por ese Ideal, por ese derecho. Pero también, como se sabe, el analista mantiene una relación de distancia, de tensión irreductible con todo Ideal.

Desde esta perspectiva, me gusta pensar al analista en el ámbito público como un “doble agente”. Por un lado, es un “agente de salud” (y no creo que haya que desmerecer esta dimensión), y por otro, agente del discurso analítico. Hay que tratar de llevar ese desdoblamiento, esa división.

 

Soportar no normalizar

Lo esencial del pensamiento médico para Foucault es que se organiza alrededor de una norma. Procura deslindar lo que es normal de lo que es anormal (así como el pensamiento jurídico lo que es lícito de lo ilícito), para luego de deslindarlo buscar medios de corrección, medios de transformación del individuo, a partir de toda una tecnología aplicada a normalizar. Se trata de una tecnología no solo farmacológica, sino también psicológica. Psicologizar las cosas es medicalizarlas, sostiene Foucault[4]. Es entrar en la lógica del pensamiento médico (y a veces se “psicologiza” con terminología psicoanalítica). Hoy se habla mucho de la medicalización de la infancia, por dar un ejemplo, pero la “medicalización” no implica solamente, desde la lógica de Foucault, administrar fármacos. Se refiere, más bien, a todas las prácticas, a todas esas tecnologías del comportamiento que buscan normalizar. Por eso, no veo por qué desde el psicoanálisis tendríamos que estar en contra de la administración de fármacos, ya que puede haber —y los hay— muy buenos usos del fármaco, usos que respeten a ese sujeto, a esa singularidad, y que no apunten a normalizarlo. La cuestión es, en el campo de la salud mental, si se busca normalizar o se soporta no hacerlo. Incluso, me parece que se podría decir que un analista es aquél que soporta no normalizar. ¡Y hay que soportarlo!

Los artistas algo de eso saben, como dice Caetano Veloso en una canción: “de cerca, nadie es normal”.

 

Lo público y el mercado

Pensé que, hoy en día, lo opuesto a lo público no sería tanto lo privado sino la lógica salvaje del mercado. Defender lo público —la salud pública— implica trabajar en contra de las formas actuales de segregación, y creo que ese también es un deber del psicoanalista.

El “para todos” de la salud pública permite que tengan lugar los excluidos del sistema, o mejor dicho los “expulsados”, sino podría parecer que se quisieron excluir. Por supuesto que hay sujetos que se excluyen, y se auto expulsan (y eso atraviesa todas las clases sociales). Por eso, para mí es fundamental poder ubicar, en cada caso, de qué es responsable el sujeto, y de qué no lo es…

Y también —¿por qué no? — el “para todos” que implica lo público, y si hay analistas allí, implica que para todo sujeto esté la posibilidad de hacer la experiencia del inconsciente, y de encontrarse —y tal vez asumir— su propia diferencia.

 

Lo común

Jorge Alemán se pregunta en su libro Soledad: Común, por aquello que sería común a todos. Se pregunta por un punto común diferente al “para todos” homogeneizante de la “psicología de las masas”, para concluir que la matriz de “lo común” procede del encuentro traumático solitario con lo real de lalengua. “Ser africano, ser árabe, ser latinoamericano pertenecen al Universal, que siempre es ya una deriva segunda con respecto a la primera pertenencia del ser hablante al Común de Lalengua”[5]. Se trata de algo previo a las identificaciones constituyentes.

 

La soledad

¿Qué es común a todos? Podríamos decir la muerte, ya que todos somos mortales, aunque nos cueste creerlo. Pero también, Jorge Alemán dice en el mismo libro y se desprende del punto anterior, que “lo común” es la soledad. No se refiere a la soledad en sus manifestaciones patéticas: aislamiento, goce autoerótico, etc. Se refiere a la soledad estructural.

Paul Auster, el escritor norteamericano —cuya obra gira en relación a la soledad—, diferencia dos palabras en inglés. Una es “loneliness” y la otra “solitude”. Loneliness designa un sentimiento de abandono, un “no quiero estar solo, me pesa la carga de la soledad, quiero estar con otros”. En cambio, solitude es neutro. Se trata simplemente de la descripción de un estado: estamos solos. Para Paul Auster, la soledad no es una cosa negativa en sí, es un hecho. Dice que es la verdad de nuestras vidas[6].

Lacan podría estar de acuerdo, en Aún, luego de señalar lo imposible de la inscripción de la relación sexual afirma que lo único que sí se “escribe” en el ser hablante es la soledad. Después, ante esa soledad estructural hay diferentes respuestas, diferentes modos de arreglárselas, incluso diferentes estrategias fantasmáticas para velarla.

 

Preservar el vacío

En un análisis, podríamos decir, se trata de introducir cierto vacío entre la identificación con el significante amo y la cadena inconsciente.

En lo institucional, podemos pensar al psicoanalista como aquél que tiene la misión de preservar el vacío, tanto en el diálogo interdisciplinario como en el interior de una institución.

Introducir un “no saber”, hacer inconsistir un prejuicio o una nominación estigmatizante, agujerear el “para todos”, son modos de preservar un vacío.

¿Para qué preservar el vacío? Para dar lugar a la invención. Hay una relación estrecha —directa diría— entre vacío e invención. Entre vacío y acto.

 

No todo es psicoanálisis

Sostener el psicoanálisis en las instituciones implica confrontarse a un cruce de discursos. Lo fundamental es poder despejarlos para que cada uno pueda operar en su especificidad. Para esto es fundamental ubicar los límites de cada discurso. Por lo tanto, también los límites del psicoanálisis. Saber y sostener en acto que no todo es psicoanálisis es lo que permite que el psicoanálisis tenga su lugar.

 

Reglamentos

Desde el psicoanálisis sabemos que no existe La regla, el buen reglamento, como el tiempo estándar en que “todos” puedan entrar.

De ahí que la opción sea hacer un uso del reglamento. Como señala Eric Laurent[7], el analista en las instituciones debe, en el debido momento, advertir sobre este punto. Situar la singularidad que escapa a la regla. Se trata, preferentemente, de adaptar el reglamento al caso y no a la inversa.

Al analista conviene pensarlo como el que ayuda a la institución a respetar la articulación entre normas y particularidades individuales. Ha de ayudar para que no se olvide “en nombre de cualquier universal” la particularidad de cada uno.

Se trata no solo de escuchar y darle lugar a la singularidad de quien consulta, sino de transmitir en el seno de la institución sobre la importancia crucial de dar lugar a la singularidad del caso, así como a lo imposible de saber.

El analista debe ser sensible a las formas de segregación contemporáneas. Y, en este sentido, considero que el desmantelamiento de lo público es uno de los modos en cómo se expresa la segregación en esta época.

 

Extimidad

El psicoanalista, como se sabe, tiene que estar en posición éxtima en las instituciones, estar adentro pero afuera: ni en rebeldía ni identificado a los ideales de la institución para poder operar. Pero tampoco debería identificarse a los “cantos de sirena” de su época: al culto a lo privado, al culto a lo rentable, al mundo empresa.


[1] Trabajo presentado en el panel de apertura “El analista y lo público” de las Jornadas anuales del Centro de Salud Mental N°1 “Dr. Hugo Rosarios”, “La clínica y lo público, tramas y contingencias”, 2012. Texto incluido en el libro El analista y lo social, Grama ediciones, 2018.

[2] Grimson, A., Mitomanías argentinas, Siglo XXI, 2012.

[3] análisis. Cierto debate actual sobre psicoanálisis y política que se inicia con fuerza en el 2017 en el Campo freudiano llama a profundizar en el tema. Mi interrogación al respecto es la siguiente: ¿un análisis toca realmente la ideología del analizante?, por ejemplo, “la historia políticaque cada quien se cuenta (y que lógicamente incide en el modo de leer las coyunturas actuales), ¿es modificable por el análisis? Otra cosa es pensar cómo el Ideal, las identificaciones y el goce pueden estar allí implicados. Lo que lógicamente es distinto a suponer que habría un atravesamiento completo del plano ideológico por el análisis, o considerar que alguien que terminó su análisis estaría más allá de toda ideología. Por lo tanto, la cuestión a estudiar es la relación entre fantasma e ideología: ¿cuáles son, por ejemplo, sus conexiones? La pregunta ya implica, claro está, no homologar de forma lineal fantasma a ideología, por más que a veces pueda funcionar esta última como tapón o articularse a determinada posición fantasmática). Por ahora considero lo siguiente: puede haber atravesamiento del fantasma en un análisis, pero no así de cierto plano de lecturas que bien podemos caracterizar de ideológicas. Lo que lleve a alguien a modificar su punto de vista ideológico (si es que eso es posible) tal vez se dé por otro tipo de experiencias, o a partir de determinadas lecturas (que no serían necesariamente psicoanalíticas).

[4] Foucault, M., El poder, una bestia magnífica, Siglo XXI, Buenos Aires, 2012.

[5] Alemán, J., Soledad: Común, políticas en Lacan, Capital Intelectual, 2012, p. 63.

[6] Cortanze, G., Dossier Paul Auster, Anagrama, Barcelona, 1996.

[7] Laurent, E., Psicoanálisis y Salud Mental, Tres Haches, 2000.

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