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EN LA FRONTERA, UN REFUGIO PARA LA CULTURA

EN LA FRONTERA, UN REFUGIO PARA LA CULTURA[1]

por Mercedes Vargas

Rumi cani, sapiiqui
Cani huamaj, ckay maiqui
Cani luchaj, umai pacha
Amusaj, barromanta.

Ckonckay quiman
Huauckecami
Razaichiscka, manahuañun.

Piedra soy, soy raíz
Soy tu origen y tu ayer
Soy quien lucha con el tiempo
Y del barro volveré.

No me olvides soy tu hermano
Nuestra raza no se muere
No me olvides soy tu hermano
Todos juntos llegaremos al sol.

Peteco Carabajal, Rumi Cani

 

En el seminario 7 sobre “La ética del psicoanálisis”, Lacan define al goce como un mal. De lo que se trata, dice allí Lacan, es de pensar seriamente el problema del mal. “Quienes prefieren los cuentos de hadas hacen oídos sordos cuando se les habla de la tendencia nativa del hombre a la maldad, a la agresión, a la destrucción y también, por ende, a la crueldad.” (Lacan, 2015, p. 230)[2].

El mal al que refiere Lacan, es aquel que apunta al sujeto en la cultura, en la medida en que el sujeto es un hecho de la lengua, del discurso, pero de una lengua que, incluso a los propios oídos, puede sonar a veces extraña, otra. En la medida en que proviene, en primera instancia, de otro (el padre, la madre, la nación, los ideales), en la lengua propia resuena, de tanto en tanto, cierto extrañamiento.

El problema del sujeto en la cultura entonces es que tiene su hogar siempre en otra parte, en un país extranjero (el campo del otro) o, mejor dicho, lo más íntimo de sí tiene la cara del otro, “la patria es el otro” afirmaba la consigna de la política del Estado kirchnerista hasta hace unos años. La identificación a la causa del otro, verse reflejado a partir de idénticos ideales o incluso en su sufrimiento, su desigualdad, sus necesidades insatisfechas, su desamparo, se ha convertido entonces en el terreno por excelencia de la experiencia religiosa pero también, y principalmente, política.

Pero entonces, si el otro es semejante, ¿qué hace del otro otro amenazante? La idea del otro como semejante desorienta cuando el prójimo emerge como no idéntico, incluso más, como un otro inabordable, insoportable; (Admitámoslo, para “bien” o para “mal”, cada uno manifiesta lo insoportable en algún otro). Antes que afinidad a la causa entonces, allí se expresa un rechazo e intolerancia a la forma con la que el semejante se presenta frente a mí como una diferencia absoluta. Su fanatismo, su ambición, su estafa, su impiedad, su gasto inútil, su alevosía transforman el campo de las religiones, las economías, las ciencias y las políticas muchas veces en algo indeseable, evitable, eliminable.

De todo este asunto se trata el malestar constitutivo en la cultura, que trazó Freud en diferentes momentos de su obra. Esto es, la paradoja sobre la que se estructura la cultura: que sobre el territorio que se labra, se cultiva y se rinden los cultos de quienes lo hacen (Rinesi, 2016, pp. 52-3), es decir se establecen modos de vida, se siembran también las semillas de su destrucción, haciendo de este territorio un campo permanente de disputas. ¿Cómo pensar entonces los lazos entre semejantes allí donde parece imposible pensar un territorio común? ¿Cómo hacerlo cuando yo y el otro deseamos lo mismo, pero de modos incompatibles? ¿por qué brindarle a alguien aquel objeto tan valioso, de mi propiedad, del que seguramente yo podría hacer un mejor uso, darle un mayor valor? Allí emerge la pregunta por la ética para algunos, por la política para otros. En cualquier caso, lo que no puede es permanecer indiferente.

“Si el problema tiene aspecto de indisoluble, es porque el Otro es Otro dentro de mí mismo. La raíz del racismo, desde esta perspectiva, es el odio al propio goce. No hay más que ese. (…) Simplemente, se confiesa que se quiere al Otro siempre que se vuelva el Mismo. (…) Por supuesto, bajo esta intolerancia al goce del otro se enganchan identificaciones históricas que tienen al mismo tiempo una gran parte de inercia y de variabilidad”. (Miller, Racismo, p. 55)

El rechazo al otro entonces hace peligrar la cultura en la medida en que el desprecio a su modo de ser, de vida, pone en juego mi “propiedad”, mi “mismidad”, mi reaseguramiento identitario. Pero además lo que aquí se intenta pensar es cómo el odio al otro no hace más que devolvernos aquel odio propio, que hay en mí extrañado, desdoblado en el otro, lo más familiar e íntimo al que el otro con su presencia me remite.

Allí, en la frontera entre sí mismo y otro, un hecho reciente ha mostrado que el malestar en la cultura representa un terreno de disputas que no cesa de no escriturarse. En esa frontera entre uno y otro, entre la tierra madre como lo más propio y ajeno, se ha sellado un vínculo, un lazo. Sobre terreno liminar, sobre lenguas madres intraducibles, ha plantado bandera un nombre propio: Santiago Maldonado.

La reciente “desaparición seguida de muerte” del cuerpo de Santiago Maldonado ha trazado, en el marco de un conflicto entre neoliberalismo y cultura, un nuevo contorno ético a nuestra política argentina.

Si la figura de la ley paterna y la lengua materna han funcionado como metáforas del rol estructurante de la subjetividad, del refugio por “memoria, verdad y justicia” en la lucha por la “aparición con vida” de los hijxs desaparecidxs, quizás la pregunta que nos interpele en la actualidad se vuelva hacia nuestra propia posición como hijxs y hermanxs de una “familia nacional”.

En esta línea, la figura de Santiago Maldonado no sólo expresa la constitución de un lazo de solidaridad entre culturas, sino que en la lucha por el esclarecimiento de su desaparición (seguida de muerte), dos figuras más han tomado protagonismo: su hermano Sergio y el lonko mapuche Jones Huala. El primero, en tanto hermano de una lengua familiar, propia, “Maldonado”; el segundo, en tanto hermano de una lengua extraña, otra, mapuche. En la frontera entre uno y otro se ha erigido un lazo de solidaridad, un lazo entre lenguas extranjeras que se encuentran a partir del vacío que la diferencia abre, produce. El nombre de Santiago Maldonado asociado al territorio de Pu Lof, en Resistencia Cushamen, signa y enlaza el conflicto en el que tiene lugar no sólo una desaparición y muerte sino también un sistemático proceso de destierro, persecución, represión y, otra vez, muerte de una civilización otra en lo mismo, en nuestro territorio nacional. Santiago Maldonado visibiliza algo que late en el malestar de nuestra civilización y que se maldice, paradójicamente, bajo el paraguas de una libertad de expresión. Allí donde la maldición de la lengua o la libertad de maldecir da rienda suelta al goce, en tanto mal, allí dos familias se encuentran para reivindicar un lazo que nace de su diferencia absoluta. “Gracias, hermano” titula Facundo Jones Huala, líder mapuche, que le dirige a Santiago:

“Tremendo esfuerzo, hermanito, no habrá sido en vano: tu interminable solidaridad recoge por estas horas multitudinarias muestras de humanidad, que reafirman tus derechos junto a los nuestros, sembrando un ejemplo que se puede conjugar en todos los tiempos…”[3]

En esa conjugación de tiempos que inscribe un lazo de solidaridad en territorio ajeno, allí es que puede inventarse un refugio para el mal que la cultura entraña. Si actualmente los padres ocupan un lugar detrás de la escena, han caído los ideales y los signos de autoridad se han pulverizado y camuflado a través de dispositivos de “libertad de expresión”, entonces los hijxs y hermanxs nos vemos interpelados a hacer con sus restos.

La muerte de Santiago en territorio “extranjero” marca el horror de nuestro mal de goce, al tiempo que dice algo respecto de aquello que él pudo hacer en esa frontera entre sí mismo y otro: hospedarse en la diferencia. El hallazgo de su cuerpo en un territorio no propio, pero tampoco extranjero, abre un tiempo ético y político conjugado entre dos lenguas que se encuentran en un solo grito de justicia. Así lo escribe Sergio Maldonado

“Siento que vos te fuiste pero me dejaste muchos hermanas/os, Amigas/os, Madres, Padres, Abuelas/os, Primas/os, (…) Siento que esto tengo que compartirlo con toda la gente que nos ayudó a encontrarte y ayudará a que sepamos la verdad y se haga justicia.”[4]

Nada podrá evitar que cualquiera que haya transitado el discurso público de los últimos meses en la argentina, asocie Santiago Maldonado a territorio mapuche Pu Lof, Resistencia Cushamen. Lenguas otras, más no extrañas ya para nadie, menos aún extranjeras.

Si es posible pensar que bajo estas condiciones que atraviesan a la época actual peligra o asecha el fin de la historia o de las ideologías, lo que parece más en riesgo es el porvenir de la cultura. Si en la época freudiana se hablaba de malestar en la cultura, actualmente la triple alianza entre técnica-capitalismo-goce nos interpela a preguntarnos qué del otro en nosotros, qué de mí en el otro al que miro con sospecha. Y cómo inventar allí un lazo posible, allí donde su reverso, el odio, lo vuelve casi imposible.


[1] Agradezco a Juan y Gala Aznarez por las conversaciones que suscitaron las presentes reflexiones.

[2] El destacado es del original.

[3] Carta de Facundo Jones Huala a Santiago Maldonado vía Facebook “La Garganta Poderosa”, 26-08-17

[4] Carta de Sergio Maldonado a su hermano Santiago vía Facebook “Aparición con vida de Santiago Maldonado – Oficial”, 20-10-17

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