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Escritura en los bordes de una ausencia sin restos

¿Existe una ética para la representación del terror?

Escritura en los bordes de una ausencia sin restos*

 

Fabiana Rousseaux

 

El dominio producido sobre la sociedad en su conjunto, con el mecanismo sistemático de la desaparición, produjo el poder absoluto de la vida y de la muerte, bajo la utilización del modo privilegiado del terror que implica el ocultamiento de los cuerpos vivos y de los cuerpos muertos.

Ocultamiento que halla su eficacia a condición de dar a ver ese poder. Se trata del específico modo de procedimiento genocida, de ocultar a la vista de todos.

Frente a este hecho, el acto solitario de invención de un acta de defunción privada y clandestina, causada por este ocultamiento, el discurso· del terror, y la impunidad jurídica, dejó a los sujetos desamparados, privando a la muerte del sostén que implica la mirada pública, y que permite abrir las condiciones para el rito funerario, modo particular y específico de lo humano, del enlace a otros.

Sin embargo, la apelación a los diversos modos de escritura y sanción, social y subjetiva, produce un valor diferencial. La letra puesta en el cuerpo, propicia una escritura de la muerte, que podemos asumir como punto de escansión ante la repetición de una espera eternizada. Punto de tope al desplazamiento metonímico de la pregunta por esa ausencia.

Lo escrito hace de borde a lo real, y tiene un efecto restitutivo como tal.

Sabemos que lo colectivo permite servirse de una significación, un sentido y un aval, a la enloquecedora incertidumbre clandestina en la que queda atrapado el sujeto que tramita este duelo sin muerte, que no deja restos.

El trabajo de escritura disparado por diversas intervenciones, desde distintos campos, es un desafío ante la nueva tierra ética[1],  fundada en Argentina a partir de esta práctica sistemática de desaparición de personas. Tierra de la transposición de fronteras que significaron estos crímenes.

El dominio perpetuado desde el momento mismo de la desaparición, en la serie: secuestro clandestino-tortura-fusilamiento-ocultamiento de los cuerpos, ¿puede quebrantarse frente a la certificación de la muerte biológica?

El acto que significa el encuentro con los restos óseos, se transforma en el soporte real sobre el cual producir el montaje de la simbolización dela muerte, anudando de este modo lo real (de los restos), con lo simbólico imaginario (de los ritos funerarios). Lo escrito toma valor de prueba.

Sin embargo, no en todos los casos esta dimensión –biológica, literal– de la escritura existe como posibilidad, y es entonces que la escritura se inventa en otro espacio, en otro campo, se escribe en otro sujeto, el sujeto del inconsciente. Lo que vuelve de estos cuerpos «in–ausentes»[2] es una imposibilidad de escribir, se trata de un retomo que no cesa de no escribirse, a la vez que en cada vuelta, algo nuevo se produce. El tope es el encuentro con la imposibilidad de producir un duelo con restos, y un saber sobre esto, que se constituye en una marca, cuando las cicatrices en el cuerpo comienzan a hacer letra. Se trataría entonces de una letra, un Uno, que hace huella allí donde no la hay, a excepción del acto responsable de cada sujeto que implica hacer propia esa letra. Es decir, el duelo –y no la muerte– pensado como un acto de decisión del sujeto, no sin una renuncia.

La tesis fundamental allouchiana[3], es que quien está de duelo efectúa su pérdida no suplementándola con otro objeto, sino renunciando a éste y a un pequeño trozo de sí, constituyendo este acto entonces una erótica del duelo. Esa renuncia es el sacrificio que quien está de duelo realiza, entregando una ofrenda a su muerto.

Allouch nos advierte entonces que en el duelo estamos habitados por el objeto que se ha perdido y su efectuación dará lugar a una nueva relación con ese objeto.[4]

En el caso de las desapariciones, el duelo por una muerte no producida se juega precisamente en el intento de una escritura nueva, sin restos, sin certezas, sin cuerpo, que haga de borde a ese agujero en lo real. Se trata del duelo por la ausencia de un objeto de amor, esencial, sin que la muerte avale ese sacrificio. En este sentido, las elaboraciones particulares de estos duelos, hacen posible que aún 30 años después, pueda hacerse entrar en la lógica de esta efectuación, la posibilidad de re-encuentro con el objeto perdido, bajo el modo del retorno espectral.

Tal como plantea Luis Gusmán,[5] cuando dice: «Que el epitafio exista es insoslayable para la identidad. Saber quién es el muerto y dónde está su tumba es un derecho”: y agrega: “… la apelación a ese derecho en la Antigua Grecia se la conocía como ‘el derecho a la muerte escrita’ y la expresión referida a la pena de los deudos se conocía como ‘el derecho a las lágrimas»: ambos derechos estaban amparados y asegurados por una legislación funeraria rigurosa.

La metodología de la desaparición de personas, durante los años de la dictadura militar, no sólo canceló ese derecho, sino que invirtió la lógica, imponiendo la prohibición del derecho a una tumba y la prohibición del llanto, como penas. Sin embargo eso no-escrito es lo que retorna.

Interesante hallazgo el de Gusmán[6] cuando advierte que en los recordatorios del diario Página 12,[7] no se trata sólo de poesía, sino de repetición, realzando un efecto de lo actual, textos que no forman parte de lo simbolizable. Textos que son –podríamos decir– letra y repetición.

En el mismo sentido que Primo Levi en Los hundidos y los salvados, dice que los recuerdos quedaron grabados en forma de película desenfocada y frenética, llena de ruido y de furia, y carente de significado, un ajetreo de personajes sin nombre ni rostro sumergidos en un continuo y ensordecedor ruido de fondo del que no afloraba la palabra humana. Una película en blanco y negro, sonora pero no hablada:[8] Una letra pero fuera del lenguaje. Lo que se transmite es del orden de lo no–dicho, pero se escribe. La huella que la lengua cree transcribir a partir de lo intestimoniado, no es su palabra.[9]

Desde el psicoanálisis, planteamos que la ética es la ética del deseo, que implica una pregunta acerca de lo bello y del bien del sujeto. Es un acto de invención ésa es la ética del deseo de la que hablamos. Esa dimensión ética constituye una política para el psicoanálisis, la política del caso por caso, cada vez, en cada ocasión. Definir con qué sujeto trabajamos es. una cuestión política. La subjetividad es ante todo una cuestión política.

Esa belleza del sujeto trágico, que hace de borde al horror, siendo éste también un envoltorio, frontera ante la significación última imposible de ser hallada, en la medida en que lo que acude al escenario impreciso entre la vida y la muerte, es el sinsentido radical, falta de margen que sin embargo pulsa en el agujero por donde transitaremos cada vez, frente al horror de la in-ausencia.

El significante, desaparecidos, fue tomado de la atroz denominación que impuso el terrorismo de Estado, pero también fue re-creado, inventado por la comunidad, para nombrar a quienes desaparecieron de la faz de la tierra, sin dejar rastros, como modo de escritura que resiste al intento de la muerte trivial, burocrática y cotidiana de la lógica concentracionaria de Auschwitz, que no será objeto de comentarios según testimonia Primo Levi,[10] tampoco era confortada con llanto; ante la muerte sólo la costumbre de la muerte.

Estamos parados sobre una huella que no hace marca: los Desaparecidos, significante que se nos escapa del sentido, donde algo se invierte, y que lejos de connotar un agujero por la ausencia, expresa al contrario, la imposibilidad de esa ausencia como tal, pero cuya estela no para de dejar su marca, siempre evanescente. Desaparición como huella de una estela.

La muerte es un agujero que se produce en lo real. El duelo es un agujero en lo simbólico, y el comienzo de un trabajo de movilización significante para intentar bordear algo de ese agujero. La desaparición es, en cambio, lo que se instala en ese espacio que va de la incertidumbre a la re-construcción de una muerte.

La muerte es un acto que no puede desinscribirse, o anularse una vez que el sujeto ha arribado a su reconocimiento, la desaparición es un hecho que se abre a la espera de una resolución, de una sanción. Allí es el sujeto quien debe sancionar con un dispositivo ficcional,[11] convirtiendo el hecho en acto, y decidir si lo toma por verdad.

¿Con qué cuenta el sujeto para sancionar el duelo, es decir para inscribirlo bajo algún modo posible? ¿Sin sanción y sin certeza a qué apela el sujeto para su elaboración?

En algunos casos, la posibilidad del encuentro de los restos, conmovió un lugar tal que al romper con la eternización de una espera en algunas circunstancias se producen respuestas tales como: sí reconozco a mi hija ya no puedo esperarla más, efectuadas en algunos casos por los familiares frente a la posibilidad de reconocer los restos óseos, lo cual da cuenta de la eficacia total de la figura genocida de la desaparición, que al sostener la indeterminación de la muerte provoca la ilusión del borramiento de ésta manteniendo viva la posibilidad de un encuentro.

El resto es lo que queda inscripto en el espacio que se produce entre el vivo y el muerto, es la frontera que marca la imposibilidad del encuentro con un todo, poniendo una medida a la pérdida sufrida. «Esto es lo que perdí, esto es lo que resta de esa pérdida.»

Una mujer que, buscando a su hija de 20 años, presenció la exhumación de sus restos en el año 80, dice:

«Cuando vi el cráneo, lleno de tierra … lo que era … dije: –No, no es mi hija … Fue el primer momento. Los sepultureros, que saben –y me estaban mirando– dijeron que los huesos eran de una chica joven. Entonces comenzamos a limpiarlos. Junté toda la dentadura. Se notaba la agenesia. Además, encontré un dientito partido que tenía, de cuando era chiquita, y se había golpeado en la pileta. No había ninguna duda. Era Alicia”.[12]

Este trabajo produce un obstáculo, una protección, un borde, a la incertidumbre vuelta persecución de una muerte que no termina de escribirse. Lo que desaparece es también lo que puede aparecer, bajo la mascarada fantasmática de lo siniestro. El texto que escribe cada quien respecto de los duelos que atraviesa, es un texto íntimo, solitario, pero que requiere de una condición: un texto social en el cual anclar. El punto de falla o desanclaje no siempre significa una no-elaboración. Se ha dicho mucho acerca de la condición de duelos patológicos en torno a las consecuencias de la desaparición. Eso impondría una lectura nosológica, sin embargo no es ése el estatuto al cual conviene apelar.

Ese punto de verdad indescifrable para el sujeto, será ocupado por la construcción de otra verdad, siendo la verdad precisamente, lo que tiene estructura de ficción. Se establece así, un modo de relación con la verdad. Ese punto inaccesible es un tope, no podemos llegar a él jamás. Es frente a esto intraducible para el sujeto que el linaje de la letra heredada propicia una escritura, escribimos con esas letras de lo no-dicho, sobre cierto deseo genealógico. Del lado de los recuerdos, encontramos siempre una ficción construida, del lado de lo indescifrable, lo que interroga al sujeto y pulsa, causándolo en una pregunta siempre abierta. En ese punto paradoja de límite siempre abierto, es donde algo se puede escribir.

Lo no dicho, retorna en un tiempo futuro–anterior, tornándose actual en las generaciones futuras. En este sentido podemos sostener que toda la sociedad en su conjunto fue sustraída de una parte de su linaje histórico. Tal como plantea Pierre Legendre,[13] lo genealógico pone en relación y anuda tres índices de lo humano: lo biológico, lo social y lo inconsciente. Se transmite un significado. Toda transmisión supone un acto que es incalculable en cuanto a su valor y pone en juego la alienación–separación a esos objetos transmitidos. Muchas veces produciendo un agujero en la letra de la transmisión.

Del lado del testimonio podríamos decir que se juega la herencia y la literalidad de esa herencia, y del lado de la escritura (in–testimoniable), se juega la transmisión y la posibilidad de litoralizar, es decir incluir lo que tiene de resto indecible ese linaje apartándonos del destino ya escrito. Esta actualidad debemos pensarla en términos de un tiempo lógico que implica lo traumático, aquello que retoma y está ligado a la repetición. Es el tiempo inconsciente de la retroacción.

El valor que tomaron los significantes privilegiados del discurso de la época han dado una significación absoluta, necesaria de subvertir para pensar esos significantes hoy, ya que se tornan ilegibles, tal como ocurriría con un texto escrito que con los años va perdiendo su nitidez y su legibilidad. ¿Qué dimensión cobra ese lugar hoy, para quienes portamos en nuestros cuerpos el testimonio vivo de lo ocurrido, quienes somos los testigos oculares del secuestro de nuestros padres?

¿Qué resta, cuáles son las consecuencias? ¿Cuál es el impacto del genocidio en la construcción de linajes, y cuáles los efectos que se derivan del particular modo de construcción de los lazos sociales a partir de las marcas instituidas?

Existe un resto insignificantizable de la desaparición, que hace que escuchemos en la clínica a nuestros pacientes que, habiendo atravesado por la experiencia del campo clandestino de detención, dudan de su propia palabra. Los escuchamos decir que no pueden certificar que lo que dicen tenga un estatuto de verdad, Y uno podría preguntarse acaso si se trata de una duda fantasmática del sujeto. Eso sería quedar entrampados en el preciso punto, donde desconocer las dimensiones del hecho traumático, tiene consecuencias en la clínica.

El sujeto no puede recordar todo, se encuentra con un tope irrecordable, eso es la represión primaria. El trabajo analítico puede convertirse en un trabajo que marcha en contra de las determinaciones del destino, desarticulando la temporalidad cronológica de la historia, proponiendo Otro Lugar, tocado por otra temporalidad.

Ese resto de la escritura que no es posible transmitir, es precisamente el que nosotros como analistas recogemos. Cuando decimos testimonio, hablamos de una divergencia estructural, en la cual se hace necesario detenerse ya que de lo que se trata es del desencuentro entre los hechos y la verdad última.

Cuando contamos algo, debemos poder realizar una operación de olvido, olvidar algo para poder recordar algo. El olvido se convierte entonces en trabajo de la memoria. Hay una imposibilidad de traducción de la vivencia al lenguaje, sobre todo frente a las experiencias que son incomprensibles.

Esa experiencia estaría representada por un vacío en tanto no puede ser representada por otra cosa, lo que falta hará mover d sentido de la significación.

Hablamos de irrupción de un recuerdo de lo no sabido. Ese registro particular que se presenta en el sujeto precisamente como desconocimiento. Punto de cruce de lo que podríamos llamar una intimidad éxtima.

Si en los campos del horror se trató de hacer posible lo imposible, en los dispositivos de escritura, sean ellos cuales fueren, la operación se invierte y se trataría entonces de hacer imposible lo posible, es decir introducir una interdicción que acote el espacio del todo-posible. Esta sería la lógica de bordear el horror. Poder hacer un juego de ficciones con reales.

«La verdad mata la posibilidad de ficción», dice Claude Lanzmann –director de Shoá– en una entrevista que le realizan en el año 85,[14] al finalizar la producción de la película, y plantea el problema de dar testimonio, ser testigo de la experiencia límite.

Cabría pasarse horas testimoniando acerca del horror cotidiano sin llegar a rozar lo esencial de la experiencia del campo, aclara Semprún.[15]

Esa mirada horrorizada, la mirada de espanto, vuelta en el espejo de los ojos de los oficiales franceses, esa mirada pavorosa que Semprún[16] descubre al dirigirse a sí mismo, los sobrevivientes de los campos de la Argentina también la soportan y se preguntan: ¿para qué planeó dejar prisioneros vivos una dictadura que se propuso aniquilar toda oposición armada, política, ideológica, abarcando desde los «subversivos» hasta los «tímidos e indiferentes”?

Dicen entonces los sobrevivientes, tratando de escribir una versión diferente: ¿quién podría contar (e inocular) el terror en cada habitante...? El relato del horror, … debía quedar en boca de un puñado de sobrevivientes, que enteraran a la sociedad de lo que le sucedía a las personas que, de pronto, dejaban de ir al trabajo, al colegio, a su propia casa ... un relato del horror aterrorizado y aterrorizante … el liberado era un ser destruido por la experiencia soportada, que relataría y sostendría en el tiempo –con sus palabras o con su locura, con su mutismo o su desesperación, con su ruina física o su delirio de perseguido– el horror el mandato represivo para nosotros fue «aterroricen”: …Ese fue, creemos, al menos parte del plan de dejar con vida a un número reducido de prisioneros.[17]

Para quien queda con vida, el sentido de esa verdad se constituye en indescifrable, la única operatoria posible será la renuncia a su traducción literal, ésta está perdida, hay en juego entonces un desciframiento.

La reescritura de un sentido nuevo que aloje al sujeto, es acto solitario y huérfano de lectura acerca de su destino donde halla las huellas que lo orientan para recién allí perder esa pisada.

No es sin el efecto de transmisión que podemos hacer propia la herencia, el legado. Es una apuesta fuerte: la de heredar lo que aún no ha sido escrito. O lo que, habiendo sido escrito, permanece en las huellas de la pizarra mágica que Freud[18] describe como la huella de la vieja escritura que permanece invisibilizada.

El Otro de la transmisión, en épocas del terrorismo de Estado, produjo un texto eficaz, es decir con consecuencias, y con el efecto imborrable de todo acto de transmisión, que deja marcas en el cuerpo. De acuerdo a cómo haya funcionado ese mecanismo, permitirá a quien sea destinatario de esa transmisión, hacer algo con eso. Hacer letras sueltas del linaje, para reescribir el texto heredado, comporta el riesgo de extraviarse del sentido otorgado por esos significantes.

Es mejor hacerse autor, escribiendo el destino propio. Si esas letras se vuelven legible, será en la medida en que se ubiquen en otro sujeto, no ya de sujeto de la literalidad, del testimonio puro, sino en el del sujeto de la ficción, dispuesto a perder la literalidad.

Esa es quizás la responsabilidad con que cargamos los hijos de esa generación, la de autorizarnos a ficcionalizar, a perder lo inamovible del valor trágico.

 

BREVE VIÑETA CLÍNICA

Una paciente cuyos padres están desaparecidos, llega a sesión el día previo al 24 de marzo, con las muñecas vendadas, y claramente visibles. Me abstengo de preguntar. Al rato, aclara, levantándose las mangas:

«Me corté con un cúter’:

Sostengo un silencio.

–»Necesitaba sentir dolor, sentirlo en el cuerpo, para. que sea un dolor real. Mañana es 24″.»

La cito para la noche de ese mismo día. Vuelve. Trae un cajoncito con fotos de sus padres desaparecidos, saca todas, cada una, fechadas, y con inscripciones.

Dice:

– A veces me parece que no soy hija de nadie, no me permito ser la hija de mis padres.

– Ser la hija de todos, hoy te deja huérfana.

Transitar el significante, estrujarlo un poco más, hasta asfixiarlo de sentido, saturarlo y dar lugar a otra cosa. Hacer del nombre “hijo/a de desaparecido/a” uno entre otros, que no aprisione y moralice, sino que surja a propósito del margen de libertad que conlleva.

Tomo para el cierre las palabras de Marguerite Duras que al final de su obra decía:

«Cuando un libro está acabado –un libro que se ha escrito–, al leerlo, ya no podemos decir que ese libro es un libro que ha escrito uno, ni qué se ha escrito en él, ni en qué desesperación o en qué estado de felicidad, el de un hallazgo o de un fallo de todo el ser. Porque, al fin y al cabo, en un libro, no se puede ver nada semejante.»[19]


[1] Giorgio Agamben, Lo que queda de Auschwitz, El archivo y el testigo, Hamo Sacer III, Ed. Pre-textos, 2000.

[2] Ref. Gabriel Gatti.

[3] Jean Allouch, El insustituible objeto del duelo, Montevideo, seminario inédito, 1993, p. 9.

[4] Jean Allouch, “Ajó”, Litoral, núm. 17, Argentina, Edelp, octubre de 1994, p. 32.

[5] Luis Gusmán, Epitafios: El derecho a la muerte escrita, Norma, 2005, p. 339.

[6] Luis Gusmán, op. cit., p. 346.

[7] Diario que ofrece a los familiares de las víctimas del terrorismo de estado un espacio para escribir recordatorios.

[8] Primo Levi, Los hundidos y los salvados, Barcelona, Ed. Biblos, Personalia de Muchnik Editores,

2000, p. 81.

[9] Giorgio Agamben, op. cit., p. 39.

[10] Primo Levi, op. cit., p. 126.

[11] Aquí utilizamos d concepto de 6ccional como aquello que debe oficiar de verdad.

[12] Mauricio Cohen Salama, Tumbas anónimas, Equipo Argentino de Antropología Forense, Catálogos Editora, 1992, p. 60.

[13] Pierre Legendre, El inestimable objeto de la transmisión, Estudio sobre el principio genealógico

en Occidente, Lecciones IV, México, Siglo XXI, 1996, p.10.

[14] Shoshana Felman, “Una película como testigo: Shoa de Claude Lanzman”, Espacios, Argentina, núm. 26, octubre–noviembre de 2000, Fac. de Filosofía y Letras, UBA, Secretaría de Extensión Universitaria, p. 31.

[15] Jorge Semprún, La escritura o la vida, Barcelona, Tusquets, 1998, p.103.

[16] Jorge Semprún, op. cit., p. 16.

[17] Página Web Asociación Ex detenidos–desaparecidos, ¿Por qué sobrevivimos?, http://www.exdesaparecidos.org.ar/acdd/sobrevivimos.php

[18] Sigmund Freud, Nota sobre la «pizarra mágica», 1925, trad. James Strachey, vol. 19.

[19] Marguerite Duras, Escribir, Barcelona, Tusquets, 2000, p. 32.


  • *Este texto forma parte del libro Políticas de la memoria. Tensiones en la palabra y la imagen. Sandra Lorenzano y Ralph Buchenhorst (editores). Ed. Universidad del Claustro de Sor Juana (México) y Ed. Gorla (Argentina), 2007.
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