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LA ESCRITURA DE LA MUERTE

LA ESCRITURA DE LA MUERTE

por Fabiana Rousseaux

Compartimos hoy, 18 de octubre de 2017, este texto escrito en 2007 por Fabiana Rousseaux, en el marco de un Congreso internacional sobre el impacto del trabajo forense del Equipo Argentino de Antropología Forense – EAAF, en la construcción de los duelos por desaparición forzada.

La técnica forense es una herramienta puesta al servicio de la reconstrucción de una historia suprimida por el terrorismo estatal. La certificación de la muerte biológica quiebra el desamparo que provoca en el sujeto el acto solitario de invención de un acta de defunción privada y clandestina, causada por el discurso del terror y por la impunidad jurídica que existió en la Argentina durante esos años. El acto que significa el encuentro con los restos óseos se transforma en el soporte real sobre el cual producir el montaje de la simbolización de la muerte, anudando de este modo lo real (de los restos) con lo simbólico-imaginario (de los ritos funerarios). Devolver los nombres suprimidos tiene un efecto restitutivo como tal, en tanto cuestionamiento radical a la imposición de la no-muerte.

Cuando los hombres de Ulises, llegaron a la isla de Enea, y fueron convertidos en cerdos, Ulises intervino, con la ayuda de Hermes, pidiéndole a Circe, la hechicera, que les devuelva a sus hombres la forma humana. Circe aceptó, los hombres se irguieron, recuperaron su postura y comenzaron a hablar, pero estaban perdidos, no lograban reconocerse. Ulises tuvo que nombrarlos uno por uno. Sólo entonces volvieron a ser quienes eran. Luego de esto Ulises vio muchos otros animales y le pidió a Circe que devuelva también a ellos a la forma humana.
–Imposible, respondió la hechicera; aquí ya no hay nadie que pueda nombrarlos.

En esta versión para niños de La Odisea, realizada por una escritora argentina (Graciela Montes), es Ulises quien nombrando uno por uno a cada hombre, los rescata de la condición inhumana a la que quedaron sometidos, estableciendo así un límite entre lo humano y lo animal. El acto de nombrar demarca y hace posible transformar el gruñido en palabra, ya que la palabra cobra ese estatuto en la exacta medida en que alguien crea en ella.
El trabajo del EAAF (1) , es un desafío ante la nueva tierra ética, fundada en Argentina a partir de la práctica sistemática de la desaparición de personas. Tierra de la transposición de fronteras que significaron los crímenes que estamos analizando.
El dato que aportan el discurso y la praxis antropológicos instaura un límite preciso entre la vida y la muerte, vedado hasta ese momento para los familiares de las víctimas. Frente a esos datos ocultos, la intervención forense es un trabajo de desciframiento que rompe con el dominio y manipulación de los cuerpos aún en su estatuto de restos. Dominio perpetuado desde el momento mismo de la desaparición en la serie de secuestro clandestino-tortura-fusilamiento-ocultamiento de los cuerpos. Ese modo de poder absoluto, que bajo la utilización del mecanismo privilegiado del terror que significó el ocultamiento de los cuerpos vivos y de los cuerpos muertos, halló su eficacia a condición de “dar a ver” ese poder. Se trata del particular modo de goce genocida, de “ocultar a la vista de todos.”
La certificación de la muerte biológica, quiebra el desamparo que provoca en el sujeto el acto solitario de invención de un acta de defunción privada y clandestina, causada por el discurso del terror y por la impunidad jurídica que existió en la Argentina durante estos años.

El acto que significa el encuentro con los restos óseos se transforma en el soporte real sobre el cual producir el montaje de la simbolización de la muerte, anudando de este modo lo real (de los restos), con lo simbólico-imaginario (de los ritos funerarios).

El trabajo de certificación de la muerte, se ofrece a una mirada pública, ligando el rito al encuentro y enlace a otros, y contrarrestando la violenta eficacia de la nominación del N.N. que deja sin nombre al desaparecido, pero también a sus deudos.

Lo escrito es lo que hace de borde a lo real y tiene un efecto restitutivo como tal. Lo escrito toma valor de prueba. La lectura, traducción que el EAAF realiza de la letra escrita en los cuerpos, propicia una escritura de la muerte. Acto de escribir una muerte que inaugura una diferencia con la eternizada espera de la desaparición. Punto de tope al desplazamiento metonímico de la pregunta por esa ausencia.

N.N. es un “des-significante” que provocó en la sociedad una atadura al discurso impuesto por el poder dictatorial: “Los desaparecidos son eso, desaparecidos; no están ni vivos ni muertos; están desaparecidos”, advirtió en su momento Jorge Rafael Videla frente al interrogatorio periodístico; y esas mismas palabras reproducían con insistencia los torturadores en los centros clandestinos de detención: “Vos aquí no sos nadie”, “no tenés nombre”, “no estás ni vivo ni muerto”, “no existís”. Primo Levi en Los hundidos y los salvados, dice: “Los recuerdos quedaron grabados en forma de película desenfocada y frenética, llena de ruido y de furia, y carente de significado, ajetreo de personajes sin nombre ni rostro donde no afloraba la palabra humana. Era una película sonora pero no hablada”.

En ese escenario de la desaparición, la responsabilidad de “haber hecho desaparecer”, encarnada en el desaparecedor, quedó anulada. “Desaparecido” es un nombre de la des-responsabilización. Y como tal deja al sujeto que atraviesa este duelo frente a dos dudas: la de la muerte, y la duda de su propia palabra.

Estamos parados sobre una huella que no hace marca: los Desaparecidos, significante que se nos escapa del sentido, donde algo se invierte, y lejos  de ser la connotación de un agujero de la ausencia, expresa al contrario la imposibilidad de esa ausencia como tal, pero cuya estela no para de dejar su marca evanescente. Desaparición como huella de una estela. La muerte es un agujero que se produce en lo real. El duelo es un agujero en lo simbólico, y el comienzo de un trabajo de movilización significante para intentar bordear algo de ese agujero. La desaparición es, en cambio, lo que se instala en ese espacio que va de la incertidumbre a la construcción de una muerte.

La certeza en estos duelos es un punto de llegada y no de partida. La muerte es un acto que no puede desinscribirse, o anularse una vez que el sujeto ha arribado a su reconocimiento, la desaparición es un hecho que se abre a la espera de una resolución, de una sanción. Allí es el sujeto quien debe sancionar con un dispositivo ficcional (2) , convirtiendo el hecho en acto, y decidir si lo toma por verdad.

¿Con qué cuenta el sujeto para sancionar el duelo, es decir para inscribirlo bajo algún modo posible. Sin sanción y sin certeza a qué apela el sujeto para su elaboración?
El EAAF realiza una intervención en el campo de la identificación, y su trabajo funda una matriz simbólica que permite escribir la muerte, produciéndola. Eso conmueve un lugar tal, que al romper con la eternización de una espera, en algunas circunstancias se producen respuestas tales como:  “si reconozco a mi hija ya no puedo esperarla más”, efectuadas en algunos casos por los familiares frente a la posibilidad de reconocer los restos óseos, lo cual da cuenta de la eficacia total de la figura genocida de la desaparición, que al sostener la indeterminación de la muerte provoca la ilusión del borramiento de ésta manteniendo viva la posibilidad de un encuentro.

El resto es lo que queda en el espacio que se produce entre el vivo y el muerto, es la frontera que marca la imposibilidad del encuentro con un todo, poniendo una medida a la pérdida sufrida. “Ésto es lo que perdí, ésto es lo que resta de esa pérdida.”
Devolver los nombres suprimidos tiene un efecto restitutivo como tal, en tanto cuestionamiento radical a la imposición de la no-muerte.

Si como plantea P. Ariés, el duelo tiene también la función de alivio de la pena, deberíamos agregar que abre la posibilidad de ganar un saber sobre la muerte, y a partir de esta operación, la verdad puede oficiar de marco allí donde no hay examen de la realidad al cual filiarse.

Una mujer que buscando a su hija de 20 años, presenció la exhumación de los restos en el año ’80, dice: “Cuando vi el cráneo , lleno de tierra…lo que era…dije:«No, no es mi hija…» fue el primer momento. Juntamos toda la dentadura… y… encontré un dientito partido que tenía, de cuando era chiquita, y se había golpeado en la pileta. No había ninguna duda. Era Alicia, (mi hija)”.

En otros casos, el encuentro con los restos supusieron para algunas mujeres  y hombres enterarse de que eran abuelas y abuelos, a partir de lo cual la búsqueda abría otro escenario totalmente impensado y desconocido.

En el caso de Jorgelina, cuenta que un día tocan el timbre de su casa, era Chicha, a quien ella no conocía, le dice que era de Abuelas de Plaza de Mayo.”Como yo no sabía que la nena estaba embarazada y estaba tan mal, entonces Chicha me mira y me dice: «felicitaciones, sos abuela»”.

El trabajo del EAAF, produce un obstáculo, una protección, un borde, a la incertidumbre vuelta persecución de una muerte que no termina de escribirse. Lo que desaparece es también lo que puede aparecer, bajo la mascarada fantasmática de lo siniestro.

El texto que escribe cada quien respecto de los duelos que atraviesa, es un texto íntimo, solitario, pero que requiere de una condición: un texto social en el cual anclar. Ahora bien, el punto de falla o desanclaje no siempre significa una no-elaboración. Se ha dicho mucho acerca de la condición de duelos patológicos en torno a las consecuencias de la desaparición. Eso impondría una lectura nosológica, sin embargo no es ese el estatuto al cual debemos apelar.

Lo colectivo permite servirse de una significación, un sentido y un aval, a la enloquecedora incertidumbre clandestina en la que queda atrapado el sujeto que tramita este duelo sin muerte, que no deja “restos”.

La técnica forense es una herramienta puesta al servicio de la reconstrucción de una historia suprimida por el terrorismo estatal, que rescata el soporte biológico para litoralizar el territorio del cuerpo. Esa legibilidad corpórea se monta sobre lo real biológico contrarrestando así el sentido unívoco de la desaparición sin rastro. Ese rastro es el que la técnica forense halla, señalizando una huella que abre la posibilidad de fundar un nuevo territorio. La intervención técnica funciona como significante que permite abrir y lanzar una serie contable, anclaje posible para iniciar -a partir de allí- una cadena simbólica.

A la textualidad ósea, podrán anudarse una historia y una transmisión. En cuanto al aporte legal que implica el trabajo del EAAF, es necesario pensar las incidencias que sobre la elaboración de los duelos tiene el límite a la impunidad. Los efectos de la impunidad, continúan produciéndose, cobrando una actualidad incalculable en cuanto a sus dimensiones.

Recuperar la memoria implica un encuentro con la huella inscrita en el cuerpo social. Podemos traducir esto en términos de lo que provocó en nuestra sociedad el terrorismo estatal como tal, en tanto uno de los pilares básicos de la destrucción del entramado social consiste en la instalación del olvido como parte de la política criminal, y como elemento esencial de la eficacia genocida y además el proceso judicial desencadenado durante el denominado Juicio a las Juntas, que implicó un movimiento jurídico de alto impacto simbólico. Las leyes de Obediencia Debida, Punto Final y los decretos de Indulto, que se sucedieron posteriormente, generaron un viraje de sentido, que terminó por legalizar la impunidad.

Se trata entonces de propiciar nuevos ámbitos de sanción social en torno a los hechos ocurridos, ya que lo que se intenta olvidar retorna como síntoma. Este impacto entonces está vinculado a lo que aún no siendo dicho, retorna en un tiempo futuro-anterior, tornándose actual en las generaciones futuras.

En este sentido podemos sostener que toda la sociedad en su conjunto fue sustraída de una parte de su linaje histórico. Tal como plantea Pierre Legendre, lo genealógico pone en relación y anuda tres índices de lo humano: lo biológico, lo social y lo inconsciente. Se transmite un significado. Toda transmisión supone un acto que es incalculable en cuanto a su valor y pone en juego la alienación-separación a esos objetos transmitidos. Muchas veces produciendo un agujero en la letra de la transmisión.

Vemos en el trabajo de nuestra práctica clínica cotidiana cómo se juegan estas consecuencias en la actualidad. Esta actualidad debemos pensarla no en términos de lo cronológico, ya que en el inconsciente no se trata de este tiempo, sino de un tiempo lógico ligado a “lo actual” en el sentido psicoanalítico que implica lo traumático, aquello que retorna y está ligado a la repetición. Es el tiempo inconsciente de la retroacción.

Unas pocas semanas atrás, una mujer viene a verme a mi consultorio por una separación reciente que le ha provocado un dolor muy profundo, ella dice “estoy paralizada, no puedo hacer nada. Viví un abandono de persona”. Cuando comienza a hablar algo en la temporalidad en su discurso me llama la atención, cierta confusión en ese relato en torno a los años, las edades de ella y de sus hijos, las épocas. Le pregunto en varias oportunidades sobre esos datos, ella entonces aclara: ”estoy muy confundida porque yo me pregunto ¿cómo puede hacerse el duelo por una persona que está viva?” Al escucharse decir esto, irrumpe en llanto, aclara “no lo puedo entender, vine a hablar de mi  actual separación, y apareció mi primer marido”. Luego de un largo silencio, dice “está desaparecido”. Recién ahí ese estatuto penal de abandono de persona, que es el que refiere a un daño o lesión grave que puede llevar a la muerte como consecuencia de ese abandono, toma una dimensión novedosa para ella, dice: “Yo tuve otra historia que me está matando”.

No sería posible hacer un duelo público por ese ser insustituible, si no se produjera una escritura nueva e íntima. Si bien es cierto que al comienzo del trabajo de todo duelo los recursos simbólicos son insuficientes, aquí se trata de una modalidad de elaboración particular.

Como escribieron los hijos de Lidia Massironi, desaparecida e identificada por el Equipo de Antropólogos Forenses: “Hilvanar muerte, huesos y un nombre en una sepultura…, luego de haber sido amputado el culto y el llanto, hace que la carne, ya ausente, se encarne en una historia silenciada tanto como profanada…Hay quienes trabajando en la identificación de sus cuerpos que se encuentran anónimos en fosas comunes, los extraen de la tierra que finalmente los hubiese fundido con la nada, para devolverlos a la cultura. Quizás escribiendo su nombre sea posible humanizarlos en las encrucijadas de la historia”

Referencias
1.-Equipo Argentino de Antropología Forense
2.-Aquí utilizamos el concepto “ficcional” como aquello que debe oficiar de verdad.

Publicado por elSigma.com 14-03-2007

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