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PARA MARIANA ZAFFARONI...

para Mariana Zaffaroni…

Por Marcelo Viñar*

 

Cuando hace unas semanas Pablo Harari y Brenda Bogliaccini me contactaron para pedirme que integrara esta mesa (lo que mucho me honra), yo estaba sumergido en otros temas y sabía que no tendría el tiempo necesario pra estudiar el libro y pensar la intervención.

Además, qué puedo decir yo de pasión militante si siempre he sido un pacifista impenitente, un empedernido opositor de la lucha armada –no sé cuánto por convicción y cuánto por miedo a la violencia y a la muerte–, y en las épocas candentes de la lucha siempre dije no (aunque un no vacilante) a las múltiples e insistentes propuestas para reclutarme.

Los editores me daban la libertad de rechazar la propuesta, pero era una negativa que no podía pronunciar. En la vacilación, dos evocaciones y un hecho inclinaron la balanza, y me convencieron de mi decisión de estar hoy aquí.

Primero fue una evocación de la lectura de Primo Levi. Ustedes saben que en su largo periplo de retorno a su hogar en Italia, desde el campo de concentración nazi, relata que tenía una pesadilla recurrente y repetida. Soñaba que al llegar a su hogar, luego de abrazar a sus seres queridos, tenía necesidad de contarles sus penurias y sufrimientos en el campo, y estos, en vez de escucharlo, se alejaban evasivos e indiferentes… y entonces, allí, el sueño se volvía una horrible pesadilla. Y yo no quiero tomar los lugares de estos parientes fríos, indiferentes y ajenos.

El segundo argumento me lo brindó Pablo Harari cuando me dijo: «no es necesario que comentes el libro, otros lo harán, hablá sobre la transmisión entre generaciones, que es propio de tu oficio». Pido entonces disculpas a François y a Mariana por este deslizamiento de enfoque al tema principal, o central de hoy. Si se enojan, háganlo con Pablo.

Es un tema que he estudiado bastante y sé poco porque mucho se ignora sobre la trasmisión psíquica entre generaciones. Estoy aquí, pues, como tío postizo de Mariana, lejano en la genealogía pero muy próximo en las convicciones y en las peripecias de Mariana en su indagatoria.

El tercer argumento fue la evocación de la historia de vida del doctor E.R., un colega y amigo de los no pocos que nos acogieron y acunaron en los primeros tiempos angustiosos y no felices del exilio. El Dr. R es hijo de comunistas judíos y polacos, que al comienzo de la guerra y ante la invasión nazi, partieron al bosque a luchar como resistentes guerrilleros, y para poder hacerlo depositaron a su niño de seis meses en la ventana de la casa de campesinos polacos. El padre murió durante la lucha, la madre sobrevivió y fue rescatada por una institución judía que se ocupaba de reubicar a los sobrevivientes y se le asignó residencia en el París de la posguerra. Allí ella tramitó la recuperación de su hijo, de cinco años, que creció y se educó en Francia, donde se graduó de médico e hizo su formación de psicoanalista. Pasados los 30 años, ya  casado y con hijos, descubrió en su análisis la necesidad de volver a su origen, a Polonia. Tomó un vuelo a Varsovia y el tren local lo llevó a su pequeño pueblo perdido. Caminó por la única calle del pueblo y a poco de hacerlo lo interceptó el diariero, un canillita en bicicleta, que luego de abrazarlo, dejó de vocear el diario y comenzó a pregonar «¡volvió Stanislav, volvió Stanislav!», y luego, mientras la gente lo abrazaba, lo condujo a la casa campesina. Su transitoria madre adoptiva lo recibió con estas palabras: «Yo sabía, hijo mío, que habrías de volver. Pena que tu padre ha muerto, pero mañana llamaremos a tus hermanos y será la fiesta». Desde entonces, periódicamente el Dr. R, con su mujer y sus hijos, visita a su madre y familia polaca.

Conste que no desconozco ni minimizo la diferencia entre padres adoptivos y apropiadores.

La necesidad perentoria y absoluta de reconstruir una genealogía, una historia de familia con  adhesiones y confrontaciones, como plataforma ineludible de la construcción de un destino, es absoluta e ineludible y cada experiencia psicoanalítica nos reitera y confirma esta convicción.

La pregunta del quién soy, de dónde vengo, para qué estoy, es una pregunta universal. No se necesita del terrorismo de Estado, ni de ningún traumatismo especial para que nos la hagamos. Todos los presentes se la han hecho, se la hace la humanidad entera desde sus inicios. Es parte de la actitud interrogadora y autoteorizante propia de la condición humana. Y no se limita a la vida propia, desde nacer a morir, sino que abarca la ascendencia (padres y abuelos) y la sucesión (hijos y nietos), lo sepamos o no, cinco generaciones son necesarias para configurar la humanidad de un ser humano.

Esta compulsión de narrar quién soy, de dónde procedo, es antigua como la humanidad misma. J .P. Clastres la descubre en la función del Gran hablador, que en las tribus primitivas de la Amazonia, aun antes de la escritura, aun antes de las religiones monoteístas, son eximidos de las tareas de subsistencia para recorrer incansablemente las tribus dispersas en la selva y en largos rituales explican quiénes son, por qué y para qué están en el mundo.

El derecho a conocer el propio origen y la explícita genealogía es un derecho inalienable. El «ser hijo de», es un ingrediente ineludible de la identidad humana. Todos lo aprendimos con el Hidalgo Don Quijote de la Mancha, hidalgo –hijo de algo– como discriminación de la chusma anónima donde la filiación es más animal que humana, aunque ahora la etología nos muestra que la diferencia no es tan radical, y la noción de familia ni siquiera es exclusiva de nuestra especie.

Volvamos a Mariana. Con relación al tema del libro hay tres tiempos diferentes en su vida.

Primero ella vivió diecisiete años siendo Daniela Furci González, cuidada por sus padres de crianza, quienes le dieron ternura y amor, aun siendo simultáneamente apropiadores y cómplices de un sistema abominable de exterminación. Contradicción atroz entre vida privada y vida pública. Un ejemplo de cómo nuestra especie, la humana, combina de manera inextricable lo más abyecto y monstruoso, con lo más sublime y vital. Me hace evocar a Rudolph Höess, el capo de Auschwitz, el jefe de un campo de exterminación de miles de seres humanos, incluyendo miles de niños, mientras a pocos metros de la industria de la muerte, criaba una familia radiante y feliz.

Segundo, en 1992, a los diecisiete, merced al coraje y la tenacidad encomiable de sus abuelos, de Milton y de Mónica, y de Alberto y tantos otros, en su búsqueda, preparan el dossier para la sanción inevitable de justicia que protagoniza el juez Roberto Marquevich y que sacude la identidad previamente construida.

Tercero. Son otros diecisiete años (1992‐2009), (¡qué tiempos tan largos!), los transitados en la turbulencia de una identidad equívoca, de lealtades contradictorias para llegar a este presente, donde las cartas están sobre la mesa, para buscar y plasmar su identidad de elección. Diecisiete años, un tiempo turbulento de lealtades contradictorias, de estar partida en dos y ser a la vez Daniela y Mariana, con la pregunta quemante y enigmática de por qué –si el combustible de la pasión militante era un mundo mejor para sus hijos– creaban con su militancia, situaciones de peligro que ponían en riesgo de fracturar la relación padres‐hijos. Coincidentemente el film El edificio de los chilenos, en Bélgica y en Cuba, que alojó 60 hijos pequeños de militantes del MIR, para que estos volvieran clandestinos a Chile a derrocar a Pinochet, ponen en evidencia la pregnancia de la misma lógica en diferentes países de la región, en la misma época. Coincidencia asombrosa que no tiene explicaciones simples ni determinismos lineales.

Es el empeño de François Graña: ¿Cómo describir eso que llamamos espíritu de una época? Sin duda la percepción y la lectura son diferentes en el durante que en el después, con el resultado y las consecuencias a la vista. A contrastar estos dos tiempos heterogéneos dedica el libro François.

Sus progenitores legítimos, en el ímpetu de su pasión militante, de la lucha por un mundo mejor y más justo, tampoco renunciaron al otro mandato de las especies, la de procrear y perpetuar la vida. Simultaneidad que no es fácil de resolver entre vida íntima y vida ciudadana, donde el impulso de vida se expresa tanto en la procreación como en la pasión militante, aunque a la razón fría ambas conductas le parezcan incompatibles.

No es con argumentos racionales que se puede juzgar para legitimar o refutar o condenar sus opciones. Es inexplicable pero constatable históricamente, cómo los momentos de peligro, de vecindad con la muerte, promueven la procreación, más que evitarla. Amor a la vida, a perpetuar la cadena generacional a cualquier precio… vaya usted a encontrar razones y argumentos para justificar o para condenar esta conducta. Yo opto por un silencio respetuoso.

Agosto de 2009, correo electrónico que paso a leer en la página 266 del libro:

Les ruego me disculpen si les pido que recuerden cosas dolorosas, si es así, lo sabré entender. Imagino que es difícil contestar sin ninguna pregunta concreta, la verdad es que tampoco sé qué preguntar… no sé, ¿qué música les gustaba? ¿Qué hacían cuando se juntaban con amigos?

¿Dónde les gustaba salir a pasear? qué sé yo… ¿cómo eran conmigo?… bueno, no sé… repito, cualquier historia será bien recibida. Desde ya muchísimas gracias a todos. Un beso.

Mariana Zaffaroni

 La pieza clave de hoy es: «Quiero reconstruir la historia de mis padres», y el coro de sus amigos y compañeros que proveen a la protagonista ingredientes abundantes. Como esa es la pieza clave, el gatillo detonador de este libro y de esta reunión, yo quiero hacerla el punto de partida de mi razonamiento.

Yo leo en el mensaje electrónico de Mariana de 2009 un acto decisivo. Un grito de vida, de restituir a la vida en el recuerdo lo que estaba sumergido en el silencio y en el olvido. Es nada menos que el acto psíquico decisivo entre «no quiero saber y quiero saber». Por eso es un acto de coraje, de desmarcarse del lugar asignado de víctima y autoencomendarse la tarea de volver a bordar hilo por hilo, punto por punto, lo que los abyectos agentes de la dictadura quisieron desgarrar: la continuidad de la leyenda entre generaciones. (Por eso me permito la picardía de decir que hoy soy su tío postizo, porque ella es freudiana, no sé si sin saberlo o sabiéndolo).

Lo que ella propone en su correo está en proximidad con lo que yo hago en mi oficio todos los días desde hace medio siglo. Es un acto de vida y de valentía cuando Mariana decide explorar la peripecia de sus orígenes, con lo que la verdad tiene de hermoso y de espanto.

Son otros diecisiete años, casi dos décadas, que Mariana necesita para dar este paso, para asumir ese gesto, de buscar, de explorar. Hasta allí era acosada por un saber que le venía de otros, de otras, abuelas, tías, amigos, instituciones jurídicas o de DDHH, sin poder hacerlo propio.

La inflexión es que en 2009 es ella misma quien dice, «quiero saber», quiere explorar. Otro sujeto psíquico nace allí, el que quiere ser protagonista (y no víctima) de su existencia, de su historia. Un sujeto activo que se vuelve narrador y novelista de sí mismo.

Pero la narradora sólo será tal si tiene testigos que la acompañen. Y esos somos nosotros. Basta pensarse un instante, cualquiera de los presentes puede hacerlo, podemos pensar nuestra vida como un cuerpo que nace, crece, se enferma y muere como cualquier ser viviente, pero a nivel mental la existencia humana no tiene estos límites, se extiende al menos sobre cinco generaciones, dos que la anteceden y dos que la suceden al sujeto central de la narración. Son cinco las generaciones que configuran la humanidad  de un ser humano.

En el oficio, profesión o artesanía que yo practico hace décadas, el héroe mítico es aquel muchacho Edipo, un errante, un exiliado voluntario. Un adolescente al que un borracho le dijo que no era quien creía ser… y esto dispara la errancia (itinerancia) entre Corinto y Tebas, entre los padres falsos y los padres verdaderos (pero en el caso de Edipo, ¿cuáles son unos y cuáles los otros, cuáles son los buenos y los malos?, ¿los de crianza?, ¿los genitores?

Resulta que el psicoanálisis, permítaseme la ironía, inventa como modelo o paradigma que el origen es siempre una mezcolanza o un escándalo.

¿Será tan loco y malvado ese genio de Freud?, o al tomar como referente ese caleidoscopio de la tragedia griega suprime la obviedad o la certeza del origen (certeza biológica o teológica) y abre una zona de malentendido que empuja a la búsqueda, a la exploración, a la curiosidad, al desplazamiento. Crea un sujeto en movimiento (o en errancia y en exilio) que mediante ese movimiento construye lo que llamamos su singularidad, una marca identitaria tan propia y tan única como las huellas dactilares.

En verdad, en el registro de la novela interior no tenemos sólo un padre y una madre únicos, unívocos, tenemos varios (los que amamos, los que odiamos, los que admiramos o despreciamos, los que respetamos o insultamos) y es esta pluralidad la que permite el movimiento, la errancia que habilita y fomenta el juego identificatorio y la producción del sujeto. Es en esa itinerancia, en ese desplazamiento que Freud toma la leyenda de Edipo como un referente principal.

Si argumento lo que precede es para poner de relieve el peligro de crear la categoría homogeneizante de «hijo de desaparecido», como señal de solidaridad, simpatía o de compasión, que son valores religiosos altamente discutibles y ambivalentes y sospechosos. No hay peor forma de conocer a alguien que transformarlo en un estereotipo, dice con pertinencia Eliane Brum, «Es una forma de no verlo, de borrar su singularidad».

No me acuerdo si lo leí en Antelme o en Semprun (importa la afirmación más que el autor): en la tragedia o en el dolor la singularidad no se atenúa sino que se exalta, y es un atentado incluirlo en una categoría homogeneizante. A menor escala, todos lo sabemos por experiencia propia, que los caminos del trabajo del duelo y de la reparación son absolutamente personales y distintos entre una persona y otra. Y si el reconocimiento de la diversidad es importante en los casos promediales, lo es aún mucho más en las tragedias colectivas de origen humano como el terrorismo de Estado y el genocidio.

Las figuras parentales son los elementos centrales de la constelación identificatoria, el equilibrio de estas figuras es muy sutil entre el déficit de la carencia y el exceso de la intrusión. Esto vale universalmente siempre, pero se acentúa cuando en la historia hay un excedente sacrificial. El mandato bíblico de honrar a los ancestros, y la militancia por el deber de memoria, debe reconocer la diferencia entre los tiempos terminables del duelo y los tiempos interminables de la melancolía. Debemos otorgarles a estos hijos el humano derecho de clausurar sus duelos y vivir su destino. No estoy hablando ni de promover el olvido ni  la pseudonormalización a que apunta la resiliencia. Pero es diferente la nostalgia de lo perdido que la exaltación de la memoria escatológica.

Los equívocos sobre el origen (en su registro fantasmático) son una penuria pero también una riqueza de la condición humana y un ingrediente universal e infaltable a la vida de fantasía y de la novela del neurótico, y el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Es lo que Derrida llama el desasosiego identitario, la inacabable y humana pregunta de quiénes somos, de dónde venimos a dónde vamos; inacabable porque no tiene respuesta certera o absoluta pero tiene la función que para Moisés tuvo la Tierra prometida, aquel lugar hacia el que siempre vamos aunque nunca llegaremos.

Los hijos, en el ámbito de una tragedia histórica, como el terrorismo de Estado o la Shoah, u otros genocidios, tienen un origen asignado, como los hijos de reyes, aunque la corona no sea de oro sino de dolor. Ese lugar asignado propicia la fijeza y tiende a limitar el movimiento, la errancia de la búsqueda identitaria. Allí radica mi advertencia.

Otra figura legendaria, la de Hamlet, prisionero del espectro y gestando la venganza sacrificial. Otros desenlaces pueden ser impulsados por la reparación de los padres dañados donde el destino del hijo no esté atado a la reparación del daño pretérito y opere como un ancla que impide la navegación propia, cediendo al imperativo, heroico o sacrificial. Siempre afirmé que el hijo de un mártir no es que no tenga padre o madre sino que los tiene en demasía, los tiene en exceso. Hay que invertir la fórmula, tienen demasiados padres, se trata de aligerar la carga para navegar y conquistar la identidad propia.

Las opciones de vida de los militantes del PVP y del MIR son conductas que pueden generar espanto o admiración, y en general se polarizan las opiniones extremas. No tengo la respuesta justa (si la tuviera me postulo al Premio Nobel), pero como freudiano pienso que las preguntas importantes son las que no tienen respuestas nítidas. No tengo otra alternativa que recurrir a una lógica paradojal, al territorio donde la respuesta es la desgracia de la interrogación, este puede quedar virgen o ser explorado. Opto por esto último.

Me apoyo en la afirmación freudiana de que la psicología individual es distinta a la psicología colectiva. Sólo así puede entenderse que Furci sea un criminal y un padre cariñoso. Y que, en la pasión militante, se asuma el riesgo de postergar la función protectora parental para sostener la coherencia de los ideales y la lealtad a los compañeros. El ser humano no es el mismo en la intimidad que cuando integra a la pandilla; con la fuerza de afiliaciones y adhesiones. El crítico de cine que comenta la película testimonial que cité, dice: «enceguecidos por sus ideales», otros dirán: «iluminados por sus ideales» Y así vamos los humanos, errantes en la historia, entre la ilusión y el desencanto, entre la carencia (déficit) y el exceso en el peso de los ideales. ¿Y quién pone el límite justo entre los ideales que iluminan y los que encandilan y enceguecen? No hay duda de que los ideales empujan a la alienación, pero de los ideales el que más enceguece es el de la descreencia. El del «no me importa» y «no te metas», ideales negativos que la actualidad está trayendo con ímpetu y pujanza.

Es conmovedor, como se lee en el libro, que son los panqueques y no las frases solemnes, ni las sentencias jurídicas, las que provocan el viraje o la inflexión del vínculo de Mariana con su familia de origen. Pero necesita para ello, estar precedida por la firmeza, incluso la violencia, del sistema jurídico. La humanidad de Roberto Marquevich es también conmovedora. «En su vida privada –le dice a Mariana– llámese como quiera, pero su nombre legal es Mariana Zaffaroni, el documento con el otro nombre constituye la prueba material de un delito.» El juez sentencia, en oposición con los afectos y sentimientos prevalentes en la Mariana de ese momento, pero sostiene, más allá del sentimiento, su sanción de justicia. Violación de intimidad, grita Mariana. Aquí lo público y lo privado no coinciden, están disociados como en  el caso de Furci, pero Marquevich hace con nobleza y dignidad, lo que Furci lleva a cabo de manera sórdida y obscena. Mariana está atrapada en la encrucijada de dos éticas incompatibles.

No tengo explicación para el comportamiento disociado de Furci o de Höess, padres adorables y asesinos en masa, pero sé que ellos son dos nombres paradigmáticos entre miles que actuaron con esa misma lógica. Pero nunca lo hacen solos, aislados, sino cuando están avalados o capturados en un sistema, en una institución, donde un orden verticalista prevalece. Juan Pablo Feinmann llama a este fenómeno «creación del otro absoluto o demoníaco». Una vez que un grupo o una corporación se convence de que la otra parte de la humanidad es el otro demoníaco, responsable causante y culpable de todos los males, toda crueldad, todo ultraje, le parece justificados y queda designada como los destinados a morir. Y el crimen se viste de una ilusión purificadora, una vez destruido el Otro demoníaco, el Nosotros se volverá más armonioso y feliz. Cualquiera sea su mecanismo intrínseco, este efecto no es un producto relevante de psicología individual, sino colectiva. Sus expresiones más frecuentes, intensas y mortíferas vienen de la psicología de las masas, de las multitudes o de los grupos. Son un producto o un efecto de psicología colectiva, que arrasa, como un tsunami, toda ética individual.

La presentación de un libro, suele pregonar el director de Trilce, es siempre motivo para una celebración. Este también, aunque invoque un tema terriblemente doloroso: vidas jóvenes bárbaramente truncadas, exterminados por gusto, fríamente fuera del campo de «batalla», con premeditación y alevosía. El desaparecido, sostiene Gabriel Gatti, está en el límite de la lógica de lo impensable. Desaparecidos, como si no les alcanzara quitarles la vida, sino también la muerte, al decir de mi colega, Gilou Reinoso. Una muerte que es silencio y olvido.

Por eso este libro y este acto son también a celebrar. Significan la restitución de memorias y genealogías, venciendo al silencio y al olvido. Sólo arreglando las cuentas con el pasado, preparamos el camino para continuar. Bienvenida Mariana, a esta humanidad que quiere saber.


*Intervención de Marcelo Viñar el 11 de mayo de 2011 en la presentación del libro Los padres de Mariana. María Emilia Islas y Jorge Zaffaroni: la pasión militante de François Graña (Ediciones Trilce, 2011)

**Marcelo N. Viñar es médico y psicoanalista. Presidente de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay (APU) y Miembro titular de la de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA). Fue presidente de la Federación Psicoanalítica de América Latina. Integró la Clínica La Chesnaie, y dirigió la École de Psychiatrie Institutionelle, La Chesnaie, Francia. Publicó conjuntamente a Maren Ulriksen de Viñar Exil et torture (Denöel, París, 1989) y Fracturas de memoria (Ediciones Trilce, 1992). Son de su autoría, entre otros, los libros Psicoanalizar hoy (Ediciones Trilce, 2002) y Mundos adolescentes y vértigo civilizatorio (Ediciones Trilce, 2009). Fue compilador y participó en numerosos libros colectivos, entre ellos: Identidad Uruguaya: ¿mito, crisis o afirmación? (Ediciones Trilce, 1992), Antiguos crímenes (Ediciones Trilce, 1995), Uruguay: cuentas pendientes (Ediciones Trilce, 1995), Memoria social (Ediciones Trilce, 2001), Adolescentes hoy (Ediciones Trilce, 2005) y Niños fuera de la ley (Ediciones Trilce, 2005).

 

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