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SUJETO Y DESEO. NOTAS SOBRE UNA DIALÉCTICA PARADOJAL

Sujeto y Deseo

Notas sobre una dialéctica paradojal

Natalia Lorio – Mercedes Vargas

 

  1.  

Introducción: descentrando al sujeto de la razón cartesiana

Pensar las diferentes coordenadas bajo las que puede pensar- se el sujeto de la negatividad, remiten aquí a señalar ese otro modo de pensar el sujeto más allá del estatuto moderno en donde se autorepresenta cerrado y autosuficiente y se enmarcada en una economía racional y teleológica. La cuestión del sujeto entonces, lejos de ser una cuestión perimida, retorna una y otra vez aún bajo figuras que lo muestran descentrado de sí, enajenado o extrañado respecto de su mismidad. Acaso se trata de un trastorno[1] del sujeto que se asemeja cada vez más a aquello que lo interrumpe, lo desgarra, lo abre a su posibilidad e imposibilidad.

La mayor parte de las matrices del pensamiento social y político, han edificado sus cimientos teóricos en torno a la idea de un individuo indiviso y autoconsciente. El sujeto histórico (podríamos decir que tanto desde el marxismo, como desde las teorías del desarrollo histórico y la modernización) ha sido reflejado desde el paradigma racionalista inaugurado por el cogito ergo sum cartesiano que fundaba al individuo en la medida en que era capaz de autoconsciencia y reflexión. Será desde el campo del saber médico y psiquiátrico, más precisamente desde los estudios sobre la histeria realizados por Freud[2] durante fines del siglo XIX, que la psicopatología del sujeto permitirá figurar su paradójica experiencia de constitución, socavando así los postulados onto-epistémicos del sujeto moderno, centrado sobre sí mismo y su representación del mundo[3].

El valor de este ‘giro copernicano’ realizado por Freud en torno al sujeto[4], que expone la relación de extrañeza entre ser y mismidad y destierra a la conciencia del campo de la certeza y la verdad, va ser recuperado por la recepción lacaniana a través del giro lingüístico y los soportes para el pensamiento que éste viraje epistémico habilita. El paradigmático giro realizado desde la lógica diferencial del significante, acentuada a partir del estructuralismo, permitió pensar de un modo radicalmente diferente la relación entre sujeto y lenguaje, entre el enunciado y la función enunciativa produciendo importantes quiebres onto-epistémicos para pensar la subjetividad[5].

Saussure y Jakobson asoman allí como nombres que brin- dan una ciencia piloto para pensar los mecanismos fundantes de una dinámica subjetiva, atribuidos por Freud[6]. El juego retórico que se desprende de esta formalización del lenguaje permitirá dos cosas: por un lado, mostrar la lógica de ‘estructurado como un lenguaje’[7] muestra sus efectos; por otro lado, y más precisamente a partir de desplazar las fronteras del propio esquema estructuralista, llevando éste a su desborde, el giro retórico habilitará pensar el sujeto más allá de la estructura, y a ésta como el fundamento en última instancia de un sujeto determinado por fuerzas en correlación (sociales, políticas, culturales, históricas).

La pregunta por la estructura será en cambio por aquello que la causa en tanto estructura. El descentramiento expuesto por el sujeto del inconsciente habilitará un pensamiento que socava los fundamentos de un estructuralismo cerrado, coherente, totalizante. En cambio, pensar en la estructuralidad o el juego de la estructura[8], o la acción de la estructura[9] aquello que causa su ordenamiento, que le da origen, o movimiento, terminará por desfundar al ser de propiedades que lo arraiguen en un esencialismo de sustancias cambiantes.

El centro, o la causa inicial (de la fórmula acción-reacción) han funcionado como aquella presencia tranquilizadora a la que remitirá, desde el pensamiento occidental, todo origen o todo fin que logre explicar el juego en el que se constituye el ser.

El centro recibe, sucesivamente y de manera regulada, formas o nombres diferentes. La historia de la metafísica, como la historia de Occidente, sería la historia de esas metáforas y de esas metonimias. Su forma matriz sería, (…) la determinación del ser como presencia en todos los sentidos de esa palabra. Se podría mostrar que todos los nombres del fundamento, del principio o del centro han designado siempre lo invariante de una presencia (eidos, arché, telos, energeia, ousía [esencia, existencia, sustancia, sujeto], alethia, trascendentalidad, consciencia, Dios, hombre, etc.[10]

Origen trascendental o telos evolutivo serán las figuras a las que remitirán la mayor parte de las matrices interpretativas. Centro, origen y determinación en última instancia, han marca- do las gramáticas analíticas del campo de las ciencias humanas y sociales y por lo tanto han logrado poner en el lugar del ser al ente que lo designa, olvidando la pregunta por sus modos de constitución, por sus movimientos estructurantes en tanto ser.

Ahora bien, el sujeto del psicoanálisis, en primera instancia desde sus formaciones psicopatológicas, ha mostrado que sólo hay causa de lo que no anda, de un intervalo dentro de un continuum que expone su interrupción. Allí, en ese corte de la serie significativa (discursiva en tanto se trata de quien habla), el psicoanálisis encuentra al sujeto de la significación; no ya en lo que enuncia, o en el Yo quien dice enunciar, sino en lo que desliza, intermitente, su enunciación. En la falla de su discurso, el psicoanálisis verifica una falta o carencia, donde algo se pro- duce, se cuela por el sentido y se articula (la función del sujeto no puede concebirse sino como “efecto del significante” dirá Lacan en 1964[11]). La estructura del lenguaje viene allí a mostrar lo que la ontología del ser tiene de salto, corte, intervalo antes que de sustancia indivisible: “Ahora, a estas alturas, en mi época, estoy ciertamente en posición de introducir en el dominio de la causa la ley del significante, en el lugar donde esta hiancia se produce”[12].

¿Qué causa un sujeto? Ausencia, agujero, vacío o falta serán figuras que el viraje onto-epistémico del psicoanálisis opondrá al origen o fundamento último para pensar al Sujeto. Si algo respecto de un origen puede ser concebido para pensar la emergencia del sujeto, es en tanto mítico que sólo adquiere su razón, en tanto relato ficticio, cuyos efectos de veracidad no son por ello menos eficaces. Mientras tanto, el desliz en la enunciación, que socava la coherencia del enunciado, que perturba su unidad, denuncia una otredad. Allí donde el Yo del cogito cartesiano, indica la presencia de una unidad pensante, el psicoanálisis encuentra la ranura por donde el ser se muestra en una temporalidad evanescente, parpadeante, y aparece en la fugacidad del yerro, arrebatado e intermitente para enredarse de nuevo e inmediatamente en la trama del discurso. Temporalidad retroactiva, en tanto expone un ser que es (se presenta) en un siendo (futuro anterior), en la medida en que su presencia viene a ocupar un lugar siempre a posteriori, el sujeto adviene en el diferir de su presencia[13]. La estructuralidad del ser, el juego que configura un sujeto, no es entonces más que efecto de una ausencia, de “un hueco y algo que vacila en el intervalo” entre un significante y su encadenamiento a otro[14].

Así pues la causa, ya no lo es en tanto origen o causalidad primera, sino en tanto efecto de un hueco que causa el movimiento, el juego estructural lenguajero, de tropos retóricos que lo en- cadenan en una posición a priori indeterminada. Este desborde estructural es el cuestionamiento a un fundamento finalmente sustancial o metafísico del ser que expone el movimiento implicado en un sujeto descentrado de sí-mismo, extrañado de su conciencia.

División, escisión, fisura serán, en cambio, los signos de una ontología de un ser nunca idéntico a sí mismo, diferido en su presentación, perforado en su esencia, fisurado en su integridad. El pensamiento del sujeto en el psicoanálisis viene a mostrar que allí donde Descartes descubrió una sustancia pensante, una consciencia plena y autorreflexiva que daría cuenta de un sujeto, su interrupción, el intervalo de su duda, muestra la extrañeza que socava su mismidad. El sujeto aparece allí como efecto de algo que cojea, que se presenta como desarreglo, como efecto de una estructura escandida, errática que configura su acontecer. El sujeto deviene signo articulado de un impasse en una serie ordenada de sentidos que se interrumpe, donde aparece algo para inmediatamente desaparecer o figurarse bajo formaciones percibidas como impropias, extrañas al sí mismo.

La crisis del sujeto moderno convoca más que a su muer- te, al retorno por la pregunta de su causa, que en tanto ausente cuestiona la idea de un sujeto cartesiano, total y pleno, capaz de integridad identitaria. Cuestiona y destierra su ser sustancializado a un pensamiento indivisible, autoconsciente y reflexivo cuya capacidad de representación (presentación para sí de un objeto) puede ser concebida como transparente y fundamento de certeza. El sujeto, como amo de su propia casa, pierde sus potestades sobre sí[15].

Desde allí que el sujeto se exhibe en el momento de su impasse (suspendido), impaciente (inquieto), en espera de algo no realizado, no (del todo) nacido, que expone la ranura, la división, la fisura ontológica del ser, su límite como unidad plena.

La discontinuidad es, pues, la forma esencial en que se nos aparece en primer lugar el inconsciente como fenómeno –la discontinuidad en la que algo se manifiesta como vacilación. (…) ¿Es el uno anterior a la discontinuidad? No lo creo, y todo lo que he enseñado estos años tendía a cambiar el rumbo de esta exigencia de un uno cerrado, espejismo al que se aferra la referencia a un psiquismo de envoltura, suerte de doble del organismo donde residiría esa falsa unidad. Me concederán que el uno que la experiencia del inconsciente introduce es el uno de la ranura, del rasgo, de la ruptura[16].

Un irreductible escapa a todo intento de formalización del lenguaje, de enunciación, y que allí en esa interrupción una presencia pulsa por realizarse: un sujeto. Si Descartes tomaba al ser a partir del enunciado como un ente verdadero y pleno de existencia, a ese “Yo” de un pensamiento que “designa al sujeto en cuanto que habla actualmente. Es decir que designa al sujeto de la enunciación, pero que no lo significa” (Lacan, 1960:761), el sujeto del psicoanálisis pone a prueba el proceso de enunciación, manifestando el carácter evanescente y precario que adquiere el proceso en que ese ‘Yo’ se afirma y afirma aquello que percibe como verdadero. El sujeto aquí propuesto expone, en aquel instante en el que el sujeto cartesiano se borra, se tacha, se anula o muestra su desconocimiento, su duda. El viraje onto-epistémico del sujeto del psicoanálisis como reverso del sujeto de la certeza cartesiana, pone en cuestión el intento de su totalización estructural o formalización absoluta, develando en una ontología de la inconsistencia el valor de un ser abierto a la posibilidad, a su constitución a priori indeterminada. “Se trata siempre del sujeto en tanto que indeterminado”[17].

Desde estas reflexiones se polemiza sobre una lógica de constitución subjetiva que antes que en lo que el sujeto es, acentúa en los atolladeros de los juegos relacionales entre sujeto y Otro, mostrando sus ambages, paradojas y ambigüedades fundantes de una subjetividad atravesada por la pérdida, por un irreductible. El sujeto descentrado de un origen estructural o esencialista que diera lugar a su determinación como ser, permitirá mostrar sus movimientos de constitución ya no como producto de una fuerza vectora progresiva que lo orienta hacia una teleología en la que se realiza finalmente. En cambio, el sujeto del deseo que el psicoanálisis trae a colación, se forja en los meandros de un motor inquietante, que lo saca de su quietud y lo expone a los callejones de una decisión forzada. Decisión forzada no exenta de politicidad en la medida en que su propensión a la nada, al abismo del vacío que lo constituye lo implica en un espacio relacional no sin Otro, esto es, en el que sólo en su alienante reconocimiento se constituye sujeto atravesado por la disyuntiva alternativas que indefectiblemente acarrean la pérdida.

A continuación, recorreremos los términos que desde el psicoanálisis, nos permiten preguntarnos en torno a un sujeto modulado por las contingencias de un encuentro fallado entre-dos, de un encuentro que nunca es tal plenamente.

  1.  

Sujeto y Otro: alienación, separación, deseo

“Para nosotros lo importante es que en esto vemos el nivel don- de –antes de toda formación del sujeto, de un sujeto que piensa, que se sitúa en él- algo cuenta, es contado, y en ese contado ya está el contador. Sólo después el sujeto ha de reconocerse en él, y ha de reconocerse como contador”[18].

Desterrando el fundamento último del origen del ser, el sujeto no preexiste, no se sostiene por sí mismo, es, en este sentido un término relativo, eslabón de una cadena significante de la que surge, primero, en el campo del Otro. Alienación fundante a partir de la cual el ser es hablado y nombrado sujeto desde la enajenante relación con el lenguaje que lo instituye. La ontología diferencial desde la que Lacan en su retorno a Freud (1964) recupera al sujeto del psicoanálisis, muestra el carácter constitutivo de la dimensión relacional con otro término que configura el locus de la emergencia subjetiva. Esta lógica diferencial del significante lleva a entender el movimiento entre sujeto y otredad no en tanto fondo de totalidad, de una exterioridad plenamente constituida y de cuya injerencia resulta un movimiento de síntesis que lo re-absorbe, sino más bien como signo de su propia carencia, de cuyo encuentro resulta posible un sujeto. Desde este carácter relacional entre sujeto y otro, el psicoanálisis en su ‘giro’ lacaniano ha considerado el carácter alienante de esta primera operación de constitución, al tiempo que enfatiza en la paradójica naturaleza que adquiere aquel resto irreductible que de allí resulta: el sujeto deseante.

El sujeto de antemano está signado por la posibilidad e imposibilidad de su emergencia desde el campo del Otro y es en este sentido que dos movimientos concomitantes ciñen su paradoja constitutiva: Alienación-Separación. Respecto al primer término, se trata de una alienación que no implica tanto pensar la constitución subjetiva como enajenada a otro, sino en el seno de una dinámica circular atravesada por un cortocircuito, un malentendido fundamental sobre la que se edifica la relación entre dos. En la dinámica de una asimetría letal y alienante con un semejante, en la que se juega la vida, se traza la ontología del deseo ruin y glorioso, cuya precariedad inquieta y mueve al sujeto a la búsqueda de una plenitud que, lejos de una progresión teleológica, corre el riesgo de orientarse al fracaso[19].

El sujeto del deseo emerge entonces en la medida en que, para asumirse tal no basta la conciencia-de-sí, sino su deslizamiento significante alrededor de un campo (otro) que expone la quimera de un yo transparente. El sujeto deseante del psicoanálisis, se configura y soporta en la dialéctica de un sitio entre (intersticio) que lo suspende como constituido (y opaco), y no constituido (librado a su ser).

Llevada a su límite, la lógica del significante a partir de la cual se otorga un nuevo estatuto a la constitución subjetiva conduce a la apelación de un más allá de la estructura que opere paradójicamente como exterior-constitutivo del sujeto, relación con una alteridad que no se configura como lugar de ninguna verdad última o razón suficiente. La ontología de este sujeto faltado, se cimienta sobre la imposibilidad de remitirse a un origen primero, a la negatividad de una esencia definitoria de su ser. Falta de un fundamento último que, sin embargo, se constituye en el motor de búsqueda de procesos productivos por suturar la nada de la cual emerge y su fatal encuentro. Asimismo, la lógica diferencial con otro, una alteridad, en la que se configura el sujeto en su identidad, permiten pensar el terreno de su dinámica sobre el telón de la contingencia más que de la determinación de una historia progresiva.

El sujeto no es (del todo) capturable ni medible como tal en su capacidad de introspección autorreflexiva, ni de su capacidad de elaboración formal a través del lenguaje. El sujeto se manifiesta y percibe allí donde su articulación significante a una diversidad de sentidos múltiples muestra su límite, su borde, su corte, su carácter contingente y arbitrario, su acierto anticipado ante la insuficiencia y precariedad de su biología[20]. El límite de la formalización del lenguaje expone entonces su borde estructural, lo contornea y así lo muestra constitutiva- mente inesperado. La dimensión de la sorpresa y el hallazgo[21], adquieren desde estas formulaciones un estatuto ontológico ineludible en la medida en que marca el encuentro con la contingencia y sus efectos inesperados.

El corolario de estas elaboraciones onto-epistémicas del sujeto supuesto por el psicoanálisis, no es tanto el inconsciente como ente sustancializado u oculto, o la tarea hermenéutica que se orienta a descentrar el sentido en lo que tiene de último y verdadero. Se trata, en cambio, del valor que adquiere la falla, la división, en tanto ontología paradójica que constituye al ser, porque falta existe y es por ésta negatividad constitutiva que el sujeto se constituye en su articulación significante con cierta exterioridad no re-absorbible, es a partir de su precariedad y su relación extrañada que se configura su identidad como tal sobre cimientos inestables que le otorgan consistencia pero constantemente amenazado por su inconsistencia fundante. Las figuras ambiguas y paradójicas, nos sirven aquí para ex- poner la temporalidad de un sujeto que no es, pero se muestra siendo allí donde su saber aparece perturbado. Falta que le pre-existe, nada o ausencia que se constituye en pre-ontológica en la medida en que habilita la emergencia de un sujeto en su inscripción intermitente, escurridiza, por los desfiladeros y encadenamientos significantes, en sus parciales y precarios procesos de identificación y reconocimiento en relación al Otro. No es en su decir que el sujeto se encuentra o se reconoce, sino en su interrupción, en sus intradichos, en sus dichos inter-dictos, lo no dicho (del todo) lo dicho en un sitio ambiguo, en un entre-dos-sujetos[22].

Paradoja y ambigüedad, duda y no certeza, señalan el escenario donde tiene lugar el advenimiento subjetivo que asume una dialéctica no recíproca pero solidaria entre el sujeto y el Otro. Desde aquí, la ontología perforada del lenguaje, sus intervalos entre significantes, abre a un encadenamiento no lineal por el que se desliza la significación, en esa relación metonímica se escabulle y desliza el sujeto deseante[23]. La ontología perforada del ser supone que el deseo se forja en el encuentro entre-dos-faltas, la del ser y la del Otro, y se desliza “allende o aquende” de los dichos de este otro, en la medida en que el discurso se presenta como intimación cuyo sentido se desconoce, allí en esa extimidad[24] se constituye el deseo[25].

El eclipsamiento del sujeto o su reducción a no ser más que un significante, es también el llamado a funcionar, a hablar, como sujeto. De allí que su manifestación está absolutamente ligada a su división (afanisis). “Para Lacan, entonces, el deseo viene a significar la imposibilidad de un sujeto coherente, en- tendido el ‘sujeto’ como una agencia consciente y autónoma. Esta agencia, sin embargo, siempre se encuentra significada ya por un significante anterior y más eficaz: el inconsciente”[26]. El deseo se muestra insatisfecho, imposible o satisfecho siempre a medias, pues su plenitud alcanzada supondría la disolución (imaginaria) del propio sujeto.

Lacan formula esta paradójica constitución subjetiva estableciendo la dialéctica del advenimiento del sujeto a su propio ser en la relación con el Otro, es decir, atravesado por dos faltas: la falta real que es lo que pierde el ser viviente en la reproducción sexuada, que revela la incompletud o inconsistencia del sujeto y la falta-en-ser (simbólica) en la que el significante está primero en el campo del Otro, es decir, en donde el sujeto llega a un campo que ya lo cuenta, llega al lenguaje que ya lo cuenta, y surge incluso en la inscripción de un código que desconoce. “El Otro es el lugar donde se sitúa la cadena del significante que rige todo lo que del sujeto podrá hacerse presente, es el campo de ese ser viviente donde el sujeto tiene que aparecer”[27].

En el giro lacaniano, el advenimiento del sujeto está atado a la relación del sujeto con el Otro, es decir, está atado a su engendramiento en un proceso de hiancia. “El deseo en Lacan no se satisface ni con el objeto, ni busca el goce ni el placer”[28]. Al estar en relación siempre con el lenguaje, hay algo del orden del ser puesto allí en juego, por lo que quien se eclipsa en Lacan es el sujeto, no el deseo.

No es el miedo hacia el otro lo que otorga su reconocimiento (como sí será en Kojève como veremos más adelante) y lleva a ceder en su deseo al sujeto, para Lacan será más bien la agresividad especular lo que desequilibra la relación entre semejantes para inaugurar la servidumbre hacia otro que le garantiza su supervivencia en una elección forzada no sin pérdida ni costo. “La lucha que la instaura es llamada con razón de puro prestigio, y lo que está en juego, va en ello la vida, apropiado para hacer eco a ese peligro de la prematuración genérica del nacimiento y del que hemos hecho el resorte dinámico de la captura especular”[29]. Concomitante y paradójicamente, allí la emergencia subjetiva se produce en el reconocimiento primero que opera el Otro desde su campo de sentidos. Allí donde ese otro reconoce en el grito de un cachorro humano, de su insuficiencia biológica, una demanda, un llamado. En ese exceso de sentido que va del grito de un ser prematuro a la injerencia simbólica del Otro con su bagaje discursivo, la demanda da forma a un motor de búsqueda indestructible y nunca plena a alcanzar: un deseo que anticipa un sujeto y no a la inversa[30]. Búsqueda de un sujeto cercenado por su ingreso al lenguaje, cuyo triunfo sólo conocerá la forma de lo parcial, de la incompletud (no-todo).

 

Para Lacan este anhelo imposible ratifica al sujeto como el límite de la satisfacción, puesto que el ideal de la satisfacción requiere la disolución imaginaria del propio sujeto. Ya no es posible concebir a este como la agencia de su deseo ni como la estructura del deseo: el sujeto del deseo se presenta ahora como una contradicción interna. Fundado como defensa necesaria contra la fusión libidinal con el cuerpo materno, el sujeto se concibe como producto de una prohibición. El deseo es el residuo de aquella unión primigenia, el recuerdo afectivo de un placer anterior a la individuación. Así, el deseo es ya un intento de disolver al sujeto que obstaculiza el camino hacia aquel placer, ya la prueba contemporánea de la imposibilidad de recuperar tal placer.[31]

 

Alienación fundante y separación que debe encontrar un modo de hacer, de arreglárselas con su tragedia constitutiva, el hecho de que sus amarras, al tiempo que lo condenan lo instituyen sujeto. La pregunta desde el psicoanálisis en torno al sujeto no es tanto por cómo hacer para surgir emancipado, liberado de toda atadura del campo de otro, sino por cómo hacer con éstas algo singular, que lo implique y que desplace al ser del dilema sujeción o nada, para pensar aquello singular y común, propio e impropio que lo constituye, aquel carácter maldito de un empuje que puede llevarlo más allá del placer.

Es preciso rescatar la centralidad de la pérdida en la constitución subjetiva: “el sujeto aprehende el deseo del Otro en lo que no encaja, en las fallas del discurso del Otro (…)[32]. Pero una falta cubre a la otra. Se da una suerte de juntura en la dialéctica: del deseo del sujeto con el deseo del Otro en la que no hay respuesta directa, sino siempre deslizamientos[33]. Las dos operaciones lógicas que resalta Lacan en torno al sujeto y el deseo son la no reciprocidad y la torsión (pliegue) en el retorno y es en este marco que en torno a la madre -como figura para dar cuenta del Otro o del primer Otro- se estructura el deseo del sujeto.

El deseo del sujeto se constituye en la medida que el deseo de la madre esté allende o aquende de lo que dice, intima, de lo que hace surgir como sentido, en la medida en que el deseo de la madre es desconocido, allí en ese punto de carencia se constituye. El sujeto –mediante un proceso no carente de engaño no de esa torsión fundamental por la cual lo que el sujeto vuelve a encontrar no es lo que anima su movimiento de re-hallazgo- vuelve entonces al punto inicial, el de su falta como tal, el de la falta de su afanisis.[34]

Los procesos de constitución subjetiva tienen estructura de lenguaje, en la medida en que allí se muestra la relación desfasada, no lineal, escandida, que instituye al sujeto como tal, esto es, la relación entre Sujeto y Otro[35].

Si el sujeto es efecto de una escansión en la relación diferencial con otro que lo signa, lo nomina, lo ubica en una trama de sentidos a descifrar, no es para dar cuenta de un sentido último. Se trata en todo caso de mostrar las redes y articulaciones, a priori indefinidas, que se hilvanan en ese locus constitutivo donde historicidad y contingencia, azar y sobredeterminación se articulan en puntos indeterminados. El intervalo que tiene lugar entre sujeto y Otro, entre un significante y otro significante[36], desfundan el lenguaje como estructura cerrada, como totalidad plena y expone su más allá, sus desbordes, el indecidible donde una dimensión trágica se inscribe, el dilema en el que la subjetividad sólo emerge y se preserva en la alienación a Otro que, al tiempo que arriesga su ser lo constituye sujeto. Por otro lado, esta dimensión dramática muestra la paradójica configuración deseante de un sujeto perforado, más allá del principio del placer, de la vida y de la muerte (Freud).

En su necesaria relación diferencial con otro, el psicoanálisis y particularmente Lacan, encontrará en Hegel la figura a través de la cual es posible pensar su radical alienación, el irreversible carácter enajenado de su subjetivación. En este señalamiento nos detendremos para dar lugar a nuestro próximo movimiento de exposición en la que intentamos mostrar cómo es sobre el trasfondo de un vacío, de una falta, y no de una reabsorción sintética entre partes, lo que lo configura deseante.

  1.  

Dialécticas del deseo: el corrimiento lacaniano respecto a Kojève

Al pensar el sujeto-efecto como intervalo en la estructura, de una falta en la que éste se muestra como interrupción y como presencia intermitente, se hace patente una ontología en la que cobra centralidad el lenguaje y el inconsciente. El movimiento que revela al sujeto en esta ontología toma diversas figuraciones: inquietud, desliz, incoherencia, agudeza del sentido (Witz) que lo delata y que expone su ser en la evanescente temporalidad de un diferir. Esa impureza que aparece como error y des- arreglo en el lenguaje revela además una impureza que toma forma de deseo. Palabra maldita si las hay dentro de la tradición filosófica y en la tradición del pensamiento, su carácter maldito dado justamente porque echa por tierra aquellos caracteres que es posible adjudicar a algo que se pretende estable, fijo, inmutable como un sustrato o una sustancia[37].

En este marco, el carácter maldito de aquello que adviene como lo más propio del sujeto, esto es, del deseo del sujeto freudiano, mostrará su paradójica naturaleza a la luz de las experiencias clínicas y las hipótesis suscitadas en torno a la estructuración de la subjetividad. El eterno retorno del malestar en el sujeto, los que fracasan al triunfar, la tendencia a mostrar nuevas recaídas en aquellos pacientes que mostraban firmes avances en el tratamiento, la repetición de los sueños de angustia, mostrarán un irreductible que atraviesa la relación del sujeto consigo mismo, con su deseo: su ambivalencia primigenia, su radical precariedad estructural, la división que lo enajena y funda al mismo tiempo en tanto ser. Algo persiste y pulsa por su realización, su manifestación, y no admite resistencias aunque se le impongan, y por ello se figura en múltiples superficies. Freud en la elaboración conceptual de su hipótesis en torno al inconsciente como nueva tópica para pensar la subjetividad muestra la compleja relación del sujeto en los desfiladeros del lenguaje, en los que trama su experiencia subjetiva. Neologismos, condensaciones, desplazamientos, figuraciones lingüísticas diversas[38] tejen su experiencia subjetiva en direcciones múltiples, y a priori indefinibles.

En este apartado nos proponemos abordar el sujeto desde una ontología del deseo (más allá de su satisfacción) que supone poner en entredicho la completud del sujeto (poniendo en crisis la representación del sujeto moderno). Ahora bien, ¿en qué marco es posible pensar ese deseo sin caer en la idea de un sujeto sustancializado u orientado por alguna fuerza que lo determine?, ¿en qué sentidos es posible tomarlo aquí? ¿Qué senti- dos abrirá el despliegue de una ontología del sujeto del deseo? A los desarrollos freudianos sobre el inconsciente como formaciones del lenguaje que “en algún sitio (otro escenario, dirá Freud)”[39] insisten y se repiten para denostar el pensamiento que ese Yo cartesiano informa, el pensamiento francés introduce un diálogo con Hegel en el que sus implicancias se radicalizan. En este sentido, es imposible no reconocer la gran influencia de las lecturas de Hegel realizados por Kojève y la importancia de su interpretación de la dialéctica del deseo- Butler sostiene que “[e]s posible leer la recepción francesa de Hegel como una sucesión de críticas contra el sujeto del deseo”[40]-; es central señalar que Lacan realiza su propio corrimiento, lo que conlleva a nuevos sentidos a la hora de pensar la finitud, la temporalidad, la historia y la libertad.

Asumida la estructura precaria y escandida del lenguaje sobre la que se soporta aquello que adviene, que viene a ocupar un lugar “¿qué clase de sujeto podemos concebirle?”[41]. Abordar una crítica al sujeto del deseo desde una ontología fisurada implica, siguiendo la lógica diferencial del significante, sostener: que no hay coincidencia del ser con lo lleno, el ser no coincide con lo completo y estático, o con la sustancia, con el alcance pleno del objeto deseado (no hay relación uno a uno, de correspondencia, entre un significante y su significado sino que es pura arbitrariedad lo que anuda el sentido); pero implica además, admitir el carácter necesario de la dimensión relacional o dialéctica que atraviesa la emergencia del sujeto y lo inaugura como deseante. Relación con una alteridad, con un irreductible que en el mismo momento que positiviza el ser, “funciona como significante reduciendo al sujeto en instancia a no ser más que un significante, petrificándolo con el mismo movimiento con que lo llama a funcionar, a hablar, como sujeto”[42]. Este abordaje afronta la posibilidad (o potencialidad) de señalar cómo pueden ser pensado los movimientos de constitución de un sujeto, o mejor, de una subjetividad, en tanto ésta señala su carácter anudado y nunca plenamente determinado ni acabado de una vez y para siempre, sino en el entre de su propensión a la nada y las estabilizaciones precarias de su “ser sujetos”. De allí la centralidad del atravesamiento de la cuestión del deseo en tanto que es lo que inquieta al sujeto –Kojève-, que lo pone en falta y lo divide –Lacan-. Recogemos entonces dos modos bajo los que puede pensarse la dialéctica del deseo en la constitución del sujeto: primero, la cuestión del deseo desde el hegelianismo de Kojève – allí el deseo aparece como deseo de Otro Deseo, o como el deseo de un yo de otro yo (y la negatividad del deseo encarna un sentido teleológico en el trabajo y la acción). Segundo, el deslizamiento que establece Lacan respecto de esa dialéctica del deseo al subrayar la centralidad del inconsciente (haciéndolo coincidir con el sujeto), donde el deseo aparece como “pulsación de la ranura”, estableciendo la función ontológica de la falta al franquear la economía homoestática del principio del placer y de allí su orientación nunca progresiva ni teleológica. Su carácter maldito está en que a riesgo de morir siendo nada (o no siendo), arriesga su ser amputándolo en un campo enajenado de sentido que le lleva la vida en la sujeción de lo siempre por alcanzar y nunca pleno (la libertad, p.e.). Ser o no-ser, sujeto o muerte, pero “Se trata además de saber qué muerte, la que la vida lleva o la que lleva a ésta”[43].

  1. El deseo tal como aparece en la antropología hegeliana propuesta por Kojève está atravesado por la negatividad, que asume la forma de la diferencia y el movimiento: “Ser hombre no es ser retenido por ninguna existencia determinada. El hombre tiene la posibilidad de negar la Naturaleza, y su propia naturaleza, cualquiera que sea. Puede negar su naturaleza animal empírica, puede querer su muerte, arriesgar su vida. Tal es su ser negativo”[44].

Del sentimiento de sí (animal) a la Autoconciencia (el hombre), el protagonismo del deseo (y no de la contemplación puramente cognitiva y pasiva de la Autoconciencia) es el motor que determina el paso a la subjetividad humana que se alza como yo sólo por el deseo de otro. “El Yo (humano) es el Yo de un Deseo o del Deseo”[45]. Pero no se trata del deseo de un objeto dado, lo dado es justamente lo negado: el deseo que configura la humanidad será, según Kojève, el deseo de una nada, de un devenir, una libertad, es deseo de Deseo que “in-quieta al hombre y lo empuja a la acción”[46]. Naciendo del deseo, toda acción es negatriz de lo dado, de la realidad objetiva, dando lugar así a una realidad subjetiva. Sin embargo, esa realidad subjetiva no tiene un contenido concreto, el Yo del deseo es vacío, no recibe contenido positivo real sino porque es deseo de deseo, de otro deseo (en la revelación de la Autoconciencia es preciso que el deseo se fije en un objeto no-natural, y lo único que su- pera lo dado es el deseo mismo). En este sentido, el deseo no es idéntico a sí mismo, es inquietud y negación. El hombre como sujeto del deseo: “El hombre debe ser un vacío, una nada, que no es nada pura, reines Nichts, sino algo que es en la medida en que aniquila el Ser, para realizarse a sus expensas y nihilizarse en el ser (…) El hombre sólo es lo que es en la medida en que deviene; su ser deviene”[47].

En esta lectura singular de Hegel en la que lo trágico y la dialéctica permiten pensar la existencia humana atravesada por la temporalidad y la finitud, se pone en juego asimismo la negatividad implicada en la relación con los otros, con otras finitudes. Si el deseo humano se dirige a otro Deseo, que huye de sí todo el tiempo, que es inacabado, que es y no es, que es devenir, revela la necesidad de la multiplicidad de deseos. Esto entabla una suerte de agonística en la que se hace patente la necesariedad del reconocimiento -como deseo, como Autoconciencia autónoma que niega lo dado, aun a riesgo de morir. En la escena[48] de la antropogénesis hegeliana que Kojève retoma, hacerse reconocer implica un peligro mortal, una lucha a muerte por el “reconocimiento”, lucha por puro prestigio[49] allí donde “[e]l hombre arriesga su vida biológica para satisfacer su Deseo no-biológico”[50].

En la escena, los que se enfrentan en la lucha por el mismo Deseo están dispuestos a llegar hasta el fin en la búsqueda de su satisfacción, arriesgar su vida y la vida del otro. Pero paradójicamente, la lucha no puede culminar en la muerte de uno o de los dos, puesto que en este esquema eso haría imposible la revelación del ser humano. La posibilidad del reconocimiento supone otro que puede reconocer. Más allá de la multiplicidad de Deseos, la necesidad de la puesta en riesgo de la vida implica no sólo la puesta en riesgo del valor de la vida animal, sino también que haya dos comportamientos antropógenos diferentes. Siendo necesario que ambos sobrevivan a la lucha, uno de ellos debe tener miedo del otro (debe negar el riesgo de su vida), abandonando su deseo, para satisfacer el deseo del otro: debe “reconocerlo”, sin ser reconocido por él: “uno de los dos adversarios cede ante el otro y se somete a él, reconociéndolo sin ser reconocido por él”[51]. El vencedor es reconocido como Amo. Esto quiere decir que en un estado naciente el hombre nunca es simplemente hombre, sino que o es Amo o Esclavo.

De la lucha por el reconocimiento del deseo surge la verdad del hombre, su estar tensado entre la vida, la muerte y el reconocimiento de su libertad: “al poner en riesgo la vida es que se reconoce la libertad, el hecho de ser otra cosa que un ser-dado, no estar sumergido en la extensión de la vida animal” (Kojève, 1996: 20). Lo desconcertante de esta dialéctica del deseo es aquello que remite a la necesariedad y reciprocidad entre las figuras del amo y el esclavo, donde surge que si bien el amo es la figura emancipada, el esclavo es tan necesario al amo en tanto es quien puede reconocerlo (reconocer ese plus que se juega como prestigio).

Para Lacan mientras que en el juego dialéctico el Otro ex- pone al sujeto a su propia muerte y éste espera la muerte del Amo, se trata más bien de lo que tiene de mítico este dilema cuya eficacia del riesgo sólo se realiza en un ‘como sí’. La muer- te de cualquiera de los dos términos acaba con la relación que hace posible la existencia, la subjetivación, pues “es desde el lugar del Otro donde se instala, de donde sigue el juego, haciendo inoperante todo riesgo, (…) en una ‘conciencia-de-sí’ para la cual sólo está muerto de mentiritas”. El Amo juega todo su rol allí donde, para la dialéctica hegeliana y el pensamiento cartesiano de una conciencia-de-sí pareciera esclavizar al ser a no ser más que servidumbre. El pensamiento del psicoanálisis viene a dislocar la oposición dialéctica mostrando el irreductible que socava cualquier resolución acabada, por uno u otro lado, de una relación entre contrarios.

  1. Concentrándonos en el segundo momento de la dialéctica de la constitución del sujeto y el deseo, es preciso señalar que la influencia de Kojève sobre Lacan es notable[52], sin que la misma desmienta los corrimientos que Lacan establecerá en torno a esta dialéctica del deseo y cómo repercuten sobre el sujeto propuesto por el psicoanálisis. “La obra de Jacques Lacan no sólo se apropia del discurso hegeliano sobre el deseo, sino que además limita de manera radical el alcance y el significado de la noción de deseo, trasponiendo ciertos temas de la Fenomenología a un marco psicoanalítico y estructuralista”[53].

El desmarcamiento que realiza Lacan está vinculado a un corrimiento en relación al sujeto y un corrimiento en relación al deseo. En el primer deslizamiento, es preciso señalar que en la apuesta lacaniana en torno al sujeto se trata de hacer coincidir sujeto e inconsciente, es decir, mostrar que el sujeto no es identificable con la conciencia, con el Yo del indicativo del que habla, sino que aloja en su noción su ignorancia, un no saber que lo coloca extrañado respecto de su misma constitución. Tampoco podrá ser identificable con la autosuficiencia ni remitir a la representación de lo completo[54], ni constituirse por completo en ese par sujeto-objeto pues la división en que se funda, la fisura de la que emerge como significación lo ubica en la intermitencia de ser sujeto y objeto de su enunciación (pues el sujeto, en la división [afanisis] se hace objeto sin dejar de ser sujeto).

Antes que de la antropogénesis, la dialéctica de Lacan parte de pensar la elisión, lo que se fuga o aparece dividido, como soporte alusivo de una presencia evanescente, dudosa, incierta, “que se asombra uno de que la caza del Dasein no la haya aprovechado más”[55]. Presencia que surge en tanto se interroga como ser, de su existencia, en el momento en que se presenta extraño a sí mismo. Lacan no refuerza la idea de un sujeto consciente y reflexivo sino su discontinuidad, como producto de una escansión en la serie. El sujeto lacaniano es el sujeto atravesado por un yerro, el sujeto más allá (o más acá) del sujeto. Si en Kojève el sujeto del deseo se expone a la nada, en Lacan el ser, que es nada, se expone al Otro que lo haga surgir. Allí, el inconsciente, lenguaje del sujeto, aparece como figura de una alienación fundante que configura la experiencia subjetiva en lo que tiene de exterior-interior.

El Otro como sede previa del puro sujeto del significante ocupa allí la posición maestra, incluso antes de venir allí a la existencia, para decirlo con Hegel y contra él, como Amo absoluto. Pues lo que se omite en la chatura de la moderna teoría de la información es que no se puede ni siquiera hablar de código si no es ya el código del Otro, pero es ciertamente de otra cosa de lo que se trata en el mensaje, puesto que es por él como el sujeto se constituye, por lo cual es del Otro de quien el sujeto recibe incluso el mensaje que emite.[56]

En el segundo deslizamiento que quisiéramos señalar, el deseo no está identificado con la reflexividad de la conciencia ni con la estructura de la racionalidad humana. No es la antropogénesis el hilo del que se guiará, ni asumirá de lleno el desarrollo hegeliano de Kojève para hablar de la Autoconciencia, ni su- pone la progresión teleológica. Si en el marco de la filosofía hegeliana, el sujeto se instaura como autoconciencia en tanto puede asumirse como conciencia para sí, soportando en si sus contradicciones, el deseo del sujeto del psicoanálisis no se hace patente en la asunción de sus contradicciones, ni en soportarlas[57]. El inconsciente freudiano muestra que la negación, la censura, es anterior y entonces los yerros del sujeto exponen una conciencia agrietada por un vacío, una negatividad que ella sutura. Allí, frente a la presencia de aquello que fisura la plenitud de una conciencia, frente a la interrupción centelleante de un elemento desconocido, no puede suponerse ninguna orientación progresiva ni teleológica del deseo.

Desde esta caracterización del deseo, el sentido teleológico de la dialéctica de la satisfacción es trastocado por una dialéctica en suspenso en la que las contradicciones no son soportadas por una conciencia-de-sí. En este punto, el primer y el segundo deslizamiento mencionado en Lacan, entre sujeto y deseo, se anudan para pensar las co-junturas en que se forja la subjetividad. Lacan señala “la razón del error” hegeliano, quien no reconoce que lo que opaca la transparencia del Yo es justamente el significante que al nombrarlo como unidad indivisible, lo constituye dividido, opacado. Ser que es nombrado, sujeto que se constituye en su ignorancia y signa desde esta lógica una relación extrañada, alienada con el saber. Lacan se distancia reconociendo allí, un sujeto efecto de su desconocimiento, en el que “Yo [Je] puedo venir al ser desapareciendo de mi dicho”[58].

Este desarreglo entre sujeto y saber, su relación extrañada, separa para Lacan al sujeto de Freud con el de Hegel y, agregamos, con el que está pensando Kojève en su dialéctica del deseo. En la ‘astucia de la razón’ de Hegel, se trata de un sujeto que “desde el origen y hasta el final sabe lo que quiere”[59]. Allí el deseo, se constituye en el nexo que le permite conservar su antiguo conocimiento “para que la verdad sea inmanente a la realización del saber”[60]. En cambio, el psicoanálisis encuentra en su reverso en la asunción de un ser que emerge en su ignorancia, en su extrañamiento, en la medida en que no es sino a través de una relación enajenada con Otro. Famoso dilema del sujeto y su politicidad, la alienación atraviesa el vínculo del sujeto con lo social pero que en Lacan adquiere un carácter fundante.

De allí que desde el giro lacaniano la dialéctica del deseo versa no tanto en un Deseo de Otro Deseo, como en Kojève, sino en el Deseo del Otro, en cuyo impasse emerge la subjetividad. “El deseo del hombre es el deseo del Otro”[61]. Al mismo tiempo, si desde Kojève se trata de un campo de lucha por el reconocimiento y el prestigio, y una pulseada en donde el miedo a la muerte gana la batalla (y entonces el esclavo cede al deseo del Amo, lo reconoce como tal), en Lacan se trata de una operación inversa. No se trata de totalidades que en su dialéctica se sintetizan o re-absorben, sino de incompletudes que se co-implican para su constitución mutua.

Si el sujeto deseante se instituye en la dialéctica irreductible de un entre-dos-sujetos (faltas), en donde el Otro le otorga un lenguaje desde el cual el sujeto habla, la pregunta es por cómo pensar en el marco de una decisión forzada que habilite su despliegue subjetivo hacia múltiples posibles. Allí, su ontología fisurada, incompleta, permite pensar el carácter parcial de toda apuesta que se implique en la pregunta por los modos de constitución de una subjetividad política.

  1.  

Sujeto, alienación y deseo: algunas derivas de su politicidad

En este marco, el sujeto no puede pensarse sin alienación, y la negatividad aparece allí pero de un modo diferente a como aparece en Hegel. En este sentido vale decir, como afirma Miller, que la oposición de Lacan con Hegel se da en torno a la alienación: en Lacan el sujeto está alienado en tanto nace en un campo externo a él, mientras que la alienación hegeliana es la de la conciencia de sí, que podrá asumirse eventualmente y continuar su camino negativo en nuevos movimientos. Ahora bien, ¿cómo dar cuenta de la alienación no dialectizable? Los artificios del pensamiento lacaniano, como la figura de la dialéctica entre el amo y el esclavo, permiten pensar la subjetividad desde la relación diferencial y no recíproca con el significante, su vínculo con el Otro y el deseo (o como llega a afirmar: ante la impotencia del pensamiento, el artificio). Señala así que la disyunción (el vel) de la alienación es una suerte de “borde funcionando”, para dar cuenta de que la alienación condena al sujeto a aparecer en esa división en que si aparece de un lado como sentido producido por el significante, del otro aparece desapareciendo, eclipsado (como afanisis)[62].

El deseo se juega en esa pulsación en la que la elección entre dos elementos reunidos implican la pérdida o un ni lo uno ni lo otro, “La elección consiste en saber si uno se propone conservar una de las partes, ya que la otra desaparece de todas formas”[63]. En esta dialéctica un reconocimiento se juega, pero ya no por el puro prestigio del otro ante el cual uno cede su deseo, sino del reconocimiento de una falta en el Otro, de su incompletud, de su Deseo de Otro, que instala en el sujeto la dimensión de la pérdida. Pérdida del objeto-sujeto del deseo que motoriza su búsqueda hacia lo perdido, evanescente, nunca plenamente encontrado. El sujeto encuentra una falta en el Otro, algo más que sus meros dichos –“en la propia intimación que ejerce sobre él el Otro con su discurso”, “me dice, eso, pero ¿qué quiere?”[64], y reconoce en este movimiento que no es en el Otro en el que pueda cumplirse o encontrar correspondencia plena su deseo.

Lacan acentúa entonces que el surgimiento del sujeto ‘sujetado’ al sentido que, al tiempo que lo cercena lo hace aparecer como tal, sólo se da en su desaparición [fading], el movimiento concomitante de separación del campo del Otro, en donde su mirada díscola respecto a lo que dice, lo distingue y distancia de éste. En tanto “el deseo del hombre es el deseo del Otro”, hay un elemento de alienación en el fundamento del sujeto como tal. “el deseo del sujeto se constituye cuando ve el juego de una cadena significante a nivel del deseo del Otro”[65], pero ese deseo no podrá ser satisfecho por cuanto el Otro no es transparente, y la ontología ambigua sobre la que se sostiene impide una respuesta directa, se sostiene sobre un cortocircuito. “El deseo sólo aparece como aquello que no puede aparecer, como una discrepancia, como un significado ausente, el deseo no se ex- presa en la materialidad del lenguaje, no se hace transparente, sino aparece en los intersticios del lenguaje”[66]. En la hendija que deja el Otro con su mirada intimidante, el sujeto se escabulle en búsqueda de lo que allí se muestra como enigma, como distancia, como diferencia respecto a este Otro[67].

Reconocer el valor de la alienación es reconocer la alienación en la posición que estructura al sujeto. No hay mediación alguna que derive en una síntesis que cierre la abertura hiante en el seno del sujeto, la escansión que empuja su existencia. La diferencia entre Hegel y Lacan se juega en esta diferencia: si Hegel – y Kojève con él- reconoció la alienación presente en el amo y el esclavo, la falla del idealismo filosófico según Lacan es que “No hay sujeto sin que haya, en alguna parte, afanisis del sujeto, y en esa alienación, en esa división fundamental, se instituye la dialéctica del sujeto”[68]. En otros términos, reaparece la dialéctica hegeliana, pero debido a la disyunción (vel) como punto sensible y de equilibrio, el surgimiento del sujeto está atravesado por la pérdida: si en Hegel se hace pasar la alienación por la disyunción “la libertad o la vida” que estructura la posición del esclavo y la posición del amo, es imprescindible dar cuenta de que eligiendo una u otra- alienándose a una u otra- ambas se pierden, en tanto la elección por alguna implica asumirla amputada, cercenada, por la necesaria pérdida que ésta exige. La alienación cuenta entonces con ese factor letal de la disyunción. Elección forzada en la que la decisión apuesta una renuncia por una ganancia insondable, sin garantías, en la que puede un sujeto advenir sólo desde un código impropio. Aquí otro corrimiento fundamental de la dialéctica del deseo en Lacan: un irreductible, no dialectizble, ni sintetizable por ningún movimiento es posible en esta elección forzada de ser en su emergencia subjetiva. ¿Qué valor adquiere este resto, esta pérdida irreductible, no dialéctica para pensar el deseo y su ontología? En el corrimiento operado por el psiconanálisis de un deseo no teleológico, no progresivo y ceñido por una elisión constitutiva, discrepancia de la que resulta posible, se aloja una politicidad. Esta ontología de un deseo que excede toda posibilidad de resolución satisfactoria, final y progresiva alerta sobre una dimensión polémica igualmente paradójica, que requiere al menos preguntarse sobre las posibilidades que reivindica y las imposibilidades que la socavan.

La oquedad del sujeto y la opacidad del deseo a los que hemos referido en los apartados que anteceden determinan una concepción en la que el significante lejos de ser coherente y permitir la coherencia en la expresión, interfiere en ella. En esta ontología, el sujeto del psicoanálisis aparece entorpeciendo toda posibilidad de sentido o de teleología, y es desde aquí que es posible pensar los meandros paradójicos que recorre el deseo, su dimensión decisiva y activa. Como advierte Butler, desde la concepción lacaniana del deseo “estar en el lenguaje significa ser desplazado infinitamente del sentido original. Y dado que el deseo se constituye dentro de ese campo lingüístico, siempre va tras aquello que en realidad no quiere y siempre quiere aquello que finalmente no puede tener”[69].

Estos caracteres del deseo se asientan en la salida de una concepción del sujeto monádica, monológico- tan atravesada por la subversión de la dialéctica del deseo hegeliana como por la pulsión freudiana-, en la que es preciso repensar las implicancias radicales de entender la constitución del sujeto en un marco relacional, atravesado por el Otro. De este modo encontramos que se abren perspectivas y derivas para pensar la politicidad de este sujeto efecto del intervalo, del corte, en los siguientes sentidos: primero, desde la alienación fundante del sujeto; segundo, desde el atravesamiento del sujeto por el Otro; tercero, desde las paradojas de la dialéctica del deseo; cuarto, desde la asunción de la pérdida en el marco del poder.

Primero: la alienación fundante del sujeto no sólo remite entonces a su alienación fundamental sino que está atravesado por el límite y la pérdida, no pudiendo sino constituirse en relación al Otro, es decir, atravesado por el Otro en tanto deseante. Desde esta ontología del sujeto de la falta, la negatividad de la alienación es el punto de partida (y no el de llegada), hay sujeto en la medida en que hay relación posible entre sujeto y Otro, porque de otro modo no habría nada sino vacío, pura sustancia o simple cachorro humano sin ingreso al orden del discurso, simbólico. En la medida en que hay un Otro que designa un sujeto, éste es capaz de hacerse-presente bajo un lenguaje siempre expropiado; esto supone, que la precariedad del espacio relacional, del lazo entre términos no idénticos es constitutiva y que no hay allí nada que asegure la identidad del sujeto bajo una propiedad o esencia. En cambio, esta dinámica expone el sujeto encadenado al aparato lenguajero en el que puede ser sólo a partir de lo que desde otro lugar se le asigna, exigiendo sin embargo una decisión forzada de su parte. Al mismo tiempo esta ontología exige pensar que los límites y las fronteras identitarias no son posible de consensuar entre dos entes pre-constituidos, sino en la pugna en que lo propio y lo del otro se inventan una relación posible. Desde la perspectiva de la alienación fundante del deseo, la alienación es al campo del Otro, al discurso, a eso que Lacan en Escritos 2 señala como el aporte freudiano del lenguaje, como ese plus de vida en el que se juega el ser en un vacío pre-ontológico, que atravesado por la ley, habla y se desconoce a sí mismo y al Otro. Se trata en este marco de una lucha por el reconocimiento que se da en el campo del Otro, en una relación violenta, asimétrica que asume la alienación como necesaria y una salida posible a la subjetivación como un hacer con este malestar o desarreglo fundante.

Segundo. La perspectiva del atravesamiento del sujeto por el Otro se deriva, además de la alienación fundante, de una dialéctica en la que, desde Lacan, pueden situarse el Sujeto y el Otro y sus figuras. En este sentido, el reconocimiento de otro asimétrico inaugura la posibilidad de un sujeto abierto a la vida y su multiplicidad, no tanto por su posición de jerarquía como de desfasaje. Esta lectura habilita pensar de otro modo el lugar del poder soberano, tanto desde el lugar de Amo, como del esclavo. Se trata de forjar el deseo, la búsqueda, el motor de la movilización subjetiva en el encuentro entre faltas que se co-constituyen en su encuentro contingente. En la medida en que la disposición a dar lugar a la demanda en la necesidad del otro, puede emerger el sujeto del deseo situado en un ser-con (ya sea de uno u otro lado de los términos de una relación, que en todo caso se forja en un siendo). Lenguaje, Otro y ley se configuran así no tanto en dispositivos de un poder omnímodo y envolvente, sino como superficies de emergencia de una subjetividad que se forja en sus intersticios y vericuetos a priori indefinibles. Hemos señalado que en esta ontología fisurada, el Otro también está atravesado por la falta, no es un absoluto in- quebrantable y estable, aunque pueda asumir para el sujeto ese valor (retomaremos esto en breve). En el reconocimiento de su propia falta y en el reconocimiento de la falta en el otro, en esa superposición o intersección de faltas, se produce y configura un sujeto deseante. El Gran Otro también debe ceder en su deseo, hacia el reconocimiento del otro, y es en esa temporalidad concomitante que Amo-Esclavo, Sujeto-Otro, Soberano-Pueblo se constituyen como tal. Esta operación de reconocimiento aloja su temporalidad en su efecto retroactivo que no es sino en la posterioridad de lo que causa, subvirtiendo así toda lógica de una acción causal primera de una segunda determinada por al anterior.

Tercero, desde las paradojas de la dialéctica del deseo; el deseo del sujeto no es identificable a la demanda ni a la necesidad, el deseo se desliza en el campo del Otro, atravesado por la asimétrica relación con el Otro, y por ello mismo el deseo no se manifiesta de forma lineal y consciente, muestra su inquietud atravesado por el vacío y la inquietud en la que coloca al sujeto en los meandros de un saber que desconoce. La politicidad de esta concepción del deseo está implicada en estos mismos corrimientos y deslizamientos: la inquietud del deseo, su movimiento señala la potencialidad –ambivalente y paradójica- de su propia dialéctica y la potencialidad de un sujeto que se define en una polémica insondable.

Por un lado, en la dialéctica del deseo se juega la tensión vida-muerte, libertad-vida, libertad-muerte en la que Lacan no sólo advierte su ambivalencia, sino su falso eje en la alienación a una u otra, en tanto siempre algo se pierde, un irreductible la socava como operación sin costo. Por otro lado, la dialéctica del deseo pone en juego la tensión entre el lazo y el solipsismo, dicho de otro modo, la tensión que se da entre la relación del sujeto con el Otro y los lazos con los otros (lazo político) y la fijación de su deseo a un significante que lo vuelve a cerrar en el solipsismo, que lo cierra en un narcisismo que lo lleva a identificar deseo con pulsión de muerte, que lo lleva a cumplir con la pulsión de muerte.

Esta paradójica relación del sujeto con su deseo puede ser figurada en una posible lectura de la posición del sujeto “Ante la Ley” en el cuento de Franz Kafka. En esta relación se ex- pone la politicidad inscripta en toda modulación del deseo: el campesino sumido a la ley (el Otro), a una ley imposible en su acceso para él, que lo mantiene en la espera, y se expone la temporalidad desesperante de ese esperar, pero que más allá de su (no) satisfacción (¿o su mortificante insatisfacción?), se sostiene y sostiene al sujeto en el suspenso de aquello que nunca se con- creta hasta llevarlo a su muerte. El relato se detiene justamente en ese punto de impasse del sujeto impaciente pero pasivo e insatisfecho, es decir, que juega con la dimensión mortificante del deseo, atado a nada o a eso como un todo, una plenitud, y suspendido ahí, en una espera que, sin pena ni gloria (la nada), lo lleva a su muerte. Incluso más podría pensarse que es justa- mente el mismo acto del guardián de cerrar la puerta lo que lo lleva a su caída como sujeto (a su muerte). Allí no hay riesgo porque el campesino se aloja en ese impasse que mencionamos donde se juega el combate existencial de la dialéctica entre Amo y Esclavo, Sujeto y Otro, en el que decide nada pero para quedarse con ésta como impotencia, imposibilidad.

La heterogeneidad en la que queda inscripto el deseo en el psicoanálisis, su carácter no integrado ni re-absorbible, determina su precariedad, su fijación transitoria y a la vez la identidad parcial del sujeto del deseo, su heterogeneidad como sujeto singular relacional y evanescente. En este sentido, la centralidad del reconocimiento del límite y de la Ley, la asunción de la alienación estructural y la intermitencia del deseo despliegan una serie de consecuencias para pensar la politicidad de esta propuesta: la libertad no se da sin alienación, la vida no sin muerte, el poder no sin lucha ni pérdida. El deseo se juega no sin desconocimiento: en la pulseada del deseo no se sabe – ni el que lucha- qué puede.

Cuarto señalamiento. Asumir la pérdida en el marco del poder, en el marco de la politicidad de esta ontología relacional del deseo y del sujeto de la falta, impone reconocer una trampa en la lógica del reconocimiento y la satisfacción, pues allí el poder aparece siempre bajo las figuras de una totalidad sin partición, como si sólo estuviera en un solo lugar y mar- chara hacia el alcance de una satisfacción plena (la libertad, la emancipación). A la reabsorción de la dialéctica hegeliana en su propio movimiento negativo pero tranquilizador, se opone la dialéctica relacional asimétrica o no recíproca (que no se re- absorbe) del psicoanálisis, en tanto el deseo se sigue jugando en torno al poder pero asumiendo la dinámica quebrada, fisurada del mismo y asumiendo un irreductible con la cual tiene que vérsela el deseo.

Como en el relato kafkiano, el deseo no es un vector que se juega en un solo sentido: allí es posible ver que el deseo posibilita e imposibilita, concomitantemente, un sujeto, en la medida en que tiende a su subjetivación (elección singular dentro de lo múltiple posible) o a su caída en el ser-sinsentido-la nada. La politicidad de esta perspectiva se aloja en la posibilidad del sujeto o no de inquietarse en la dinámica relacional con un otro, del que no hay liberación posible, autonomía plena, pero sí la posibilidad de construir allí una alternativa que no se afinque en una esencia determinada ni en la pura suspensión, sino más bien apueste por el desliz respecto de lo dado, donde se inventa algo pero sin garantías.


[1] Aprovechamos el término psicopatológico para mostrar cómo ese sujeto del inconsciente emerge primero como desviación de una norma, de un parámetro de racionalidad que el descubrimiento freudiano viene a cuestionar.

[2] El trabajo de Freud junto a Joseph Breuer, y Jean-Martin Charcot, con quienes trabajó al respecto, puede ser revisado en sus obras: S. Freud, Publicaciones psicoanalíticas y manuscritos inéditos en vida de Freud (1886-1899), Trad. J. L. Etcheverry, Obras Completas, Tomo I, Buenos Aires, Amorrortu, 1982; S. Freud, Estudios sobre la histeria (1893-1895), Trad. J. L. Etcheverry, Obras Completas, Tomo II, Buenos Aires, Amorrortu, 1978.

[3] Para un interesante recorrido sobre cómo la noción de sujeto se configuró en la historicidad del proceso moderno y su privilegio puesto en la representación del mundo, derivando en conceptos metafísicos en torno al ser (verdad, certeza, pensamiento-sustancia), en éste mismo volumen Biset, E. “Sujeto y metafísica”.

[4] J. Lacan, Escritos 2, Trad. T. Segovia, Buenos Aires, Siglo XXI, 2014, p.758.

[5] . Le Gufey, “La función enunciativa”, El sujeto según Lacan, Castañola y M. T. Arcos, Buenos Aires, El cuenco de Plata, 2010

[6] J. Lacan, Escritos 2.op. cit., p.760

[7] J. Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Seminario XI, Trad. J. L. Delmont Mauri y J. Sucre, México, Paidós, 1987, p. 211.

[8] J. Derrida, “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las Ciencias Humanas”, en La escritura y la diferencia, Trad. P. Peñalver, Barcelona, Anthropos, 1989, p. 384.

[9] J. A. Miller, “Acción de la estructura”, en Matemas I, Trad. C. de Santos, Buenos Aires, Manantial, 1987.

[10] J. Derrida, “La estructura, el signo…”, op. cit., p. 385.

[11] J. Lacan, Los cuatro conceptos…op. cit., p. 215.

[12] J. Lacan, Ibíd. p. 31.

[13] J. L. Nancy, “¿Quién viene después del sujeto?”, Trad. E. Biset, en Revista Política Común, vol. 6, 2014, online: http://dx.doi.org/10.3998/pc.12322227.0006.002.

[14] J. Lacan, Los cuatro conceptos…op cit., p. 30.

[15] Le Gaufey sostiene que la tematización del sujeto es casi inexistente en Freud, mientras que en Lacan su tematización se convierte en apuesta, ¿de qué se trata esa apuesta o qué se juega en ella? Al hacer coincidir sujeto e inconsciente, el sujeto no se afirma en su autorepresentación, sino que busca en el Otro el significante que lo representaría como tal, sin embargo – señala Le Gaufey- , esto determina una suerte de tragedia común, ya que el Otro también es un s un significante estable. Ver: G. Le Gaufey, op. cit.

[16] J. Lacan, Los cuatro conceptos…op. cit., p. 33

[17] Ibid, p. 34.

[18] Ibíd. p. 28

[19] El carácter no teleológico del deseo fue desarrollado por Freud en Más allá del principio del placer en 1920 a partir de las experiencias clínicas que echaron por tierra la hipótesis del sueño como cumplimiento de deseo, y del deseo como principio del placer y motor de satisfacción. La recaída de los pacientes en el tratamiento (abandonar cuando presentaba mejoría o repetir aquello de lo que se buscaba sanar), la recurrencia de sueños de angustia que revivían experiencias traumáticas vividas anteriormente por los sujetos, e incluso desde la temprana experiencia del juego en el niño que atraviesa la separación de su madre, Freud pudo detectar el paradójico movimiento que orienta la vida anímica del sujeto, en el que un más allá de la vida y del placer empuja, tensa, insiste y hace existir a un sujeto desgarrado. La tópica freudiana de las pulsiones se define así entre la pulsión de vida y la pulsión de muerte, en la que se juega el estatuto del sujeto. En este trabajo no nos detendremos a exponer el concepto de pulsión desarrollado por Freud ni las variaciones introducidas por Lacan en este sentido. Nos interesa únicamente con esta referencia mostrar el movimiento paradójico y no lineal ni necesariamente progresivo que sigue la moción subjetiva sino socavado constantemente por sí mismo. Ver: S. Freud, Más allá del principio del placer, Psicología de las masas y análisis del yo, Trad. J.L. Etcheverry, Obras Completas, Tomo XVIII, Buenos Aires, Amorrortu, 1990.

[20] J. Lacan, Escritos 1, Trad. T. Segovia, México, Siglo XXI, 2000

[21] J. Lacan, Los cuatro conceptos…op. cit., p. 33.

[22] J. Lacan, Escritos 2, op. cit., p. 762

[23] “Este intervalo que corta los significantes, que forma parte de la propia estructura del significante, es la guarida de lo que, en otros registros de mi desarrollo, he llamado metonimia. Allí se arrastra, allí se desliza, allí se escabulle, como el anillo del juego, eso que llamamos el deseo”, J. Lacan, Los cuatro conceptos… op. cit., p. 222.

[24] La extimidad, desde el psicoanálisis, refiere a un pliegue donde lo exterior se muestra como lo más íntimo o lo íntimo como exterioridad. Esta noción refiere al desborde de la estructura subjetiva, en donde la frontera entre lo exterior-interior, adentro-afuera se figura más que como separación clara y definida, como un doblez donde el trazo divisorio se tornan indistinguible.

[25] Ibíd. p. 227

[26] J. Butler, Sujetos del deseo. Reflexiones hegelianas en la Francia del siglo XX, Trad. E. Luján Odriozola, Buenos Aires, Amorrortu, 2012, p. 264.

[27] J. Lacan, Ibíd. p. 212

[28] O. Masotta, Ensayos lacanianos, Buenos Aires, Eterna Cadencia, 2011, p. 101.

[29] Lacan, Escritos 2, op. cit., p. 770.

[30] “Pues lejos de ceder a una reducción logicizante, allí donde se trata del deseo, encontramos en su irreductibilidad a la demanda el resorte mismo de lo que impide igualmente reducirlo a la necesidad. Para decirlo elípticamente: que el deseo articulado, es precisamente la razón de que no sea articulable”, J. Lacan, Ibíd. p. 765

[31] J. Butler, Sujetos del deseo… op. cit., p. 264.

[32] J. Lacan, Los cuatro conceptos…op.cit., p. 222.

[33] J. Lacan, Ibid, p. 223.

[34] J. Lacan, Ibid, p. 227.

[35] Este corrimiento operado por Lacan a partir de la lógica diferencial del significante resulta fundamental para distanciar el pensamiento que propone el psicoanálisis en torno al sujeto y el otro, de cualquier teoría de la información o la comunicación que se sostenga en la posibilidad de concebir un proceso lineal, directo o de correspondencia entre sujeto y Otro, entre emisor y receptor, y en definitiva, de pensar al primero desde la pura manipulación jerárquica del mensaje, y al segundo como pura positividad dada de recepción. Sujeto y Otro se instituyen en momentos simultáneos a la vera de un escansión, diferimiento, cortocircuito fundante.

[36] Este supuesto es admisible en la medida en que se piensa la relación desde la lógica diferencial, diferida del significante.

[37] Sobre las connotaciones del sujeto y su vínculo con la sustancia y el supuesto, ver J.-L. Nancy, ¿Un sujeto?, Trad. L. F. Alarcón, Buenos Aires, La Cebra, 2014.

[38] Las formaciones del inconsciente expresan, desde el psicoanálisis tales figuraciones significantes: actos fallidos, síntomas, lapsus, chistes y, en particular, los sueños han sido tomados como ejemplares que exponen aquello que marca los límites de la racionalidad del pensamiento consciente y reflexivo. Lacan ubica allí el descubrimiento freudiano: “¿Qué es lo que impresiona, de entrada, en el sueño, en el acto fallido, en la agudeza? El aspecto de tropiezo bajo el cual se presentan. Tropiezo, falla, fisura. En una frase pronunciada, escrita, algo viene a tropezar. Estos fenómenos operan como un imán sobre Freud, y allí va a buscar el inconsciente” ver J. Lacan, Los cuatro conceptos…op. cit., p. 32. De allí que Freud, le otorgue a su postulación hipotética, es decir al inconsciente, un carácter necesario y legítimo para entender el acontecer de la experiencia subjetiva. Ver: S. Freud, “Lo inconsciente”, en Trabajos sobre metapsicología, y otras obras (1914-1916), Contribución a la historia del movimiento psicoanalítico, Trad. J. Etcheverry, Obras Completas, Tomo XIV, Buenos Aires, Amorrortu, 1990.

[39] J. Lacan, Escritos 2, op. cit., p. 760.

[40] J. Butler, Sujetos del deseo… op. cit., p. 24.

[41] J. Lacan, Ibid, p. 761.

[42] J. Lacan, Los cuatro conceptos fundamentales…op. cit., p. 215.

[43] J. Lacan, Escritos 2, op. cit., p. 771.

[44] A. Kojeve, La dialéctica del amo y del esclavo en Hegel, Trad. J.J. Sebrelli y A. Llanos, Buenos Aires, Leviatán , 1996, p. 56.

[45] Ibíd. p. 177.

[46] Ibíd. p. 12.

[47] Ibíd. p. 178.

[48] Decimos escena sin querer que pase por alto el sentido teatral de este término: escena, montaje, puesta en escena o dramatización que de alguna manera establece las posiciones en las que los sujetos quedan fijados. Bataille ha señalado el elemento de la comedia en esta puesta en escena de la lucha por el reconocimiento, ya que es tan necesaria la presencia absoluta de la muerte como factor de lucha y como índice de las posiciones amo/esclavo, pero a la vez la muerte nunca debe darse en acto, ninguno debe morir. Ver: G. Bataille, Escritos sobre Hegel, Trad. I. Herrera, Madrid, Arena Libros, 2005.

[49] Hegel no habla de lucha por prestigio, esto es algo propio de Kojève.

[50] A. Kojève, La dialéctica del amo…op. cit., p. 181

[51] Ídem.

[52] Oyente de Kojève desde 1933, Lacan lo reconoce como su maestro. Ver, D. Aufrett, Alexandre Kojève. La filosofía, el estado y el fin de la historia, Trad. C. Gilman, Buenos Aires, Letra Gramma, 2009, p. 366.

[53] J. Butler, Sujetos del deseo… op. cit., p. 263

[54] Le Gaufey establece un recorrido en el que el sujeto pasa del sujeto “mentiroso” (que se encuentra en los desarrollos que van desde 1953 a 1959 y al que es posible atribuirle reflexividad y conciencia) al sujeto entre dos significantes (despojado de esos caracteres). Si bien este parece ser la deriva del sujeto en Lacan, Le Gaufrey muestra que Lacan concibe al sujeto como en un entre, vaciado de los atributos de reflexividad y conciencia absolutos, pero como un destello, una emergencia : “ La “tragedia común” del sujeto y del Otro –expresión que al inicio parecía excesiva- se justifica ahora al revelarse hasta qué punto es cierto que ese condenado sujeto, que perseguimos aquí desde todos los sesgos posibles, no se fabrica sólo alineando de manera trabajosa los significantes que la lengua trae con profusión, sino que brilla en ese destello en el que se desvanece por el solo hecho de aparecer”. G. Le Gufey, El sujeto según…op. cit., pp.145-146.

[55] J. Lacan, Escritos 2, op.cit., p.761

[56] Ibíd. p. 767.

[57] J. L. Nancy ha afirmado en relación a las contradicciones que soporta el sujeto hegeliano: “La definición mayor del sujeto filosófico es para mí la de Hegel: “lo que es capaz de retener en sí su propia contradicción”.

Que la contradicción sea propia (se reconoce la ley dialéctica), es decir, que la alienación o extrañamiento [extranéation] sea propia, y que la subjetividad consista en re-apropiar este propio ser-fuera-de-sí, he aquí lo que compromete la definición”, ver J.L. Nancy, “¿Quién viene después del sujeto?”, Trad. E. Biset, en Revista Política 2014, online: http://dx.doi.org/10.3998/pc.12322227.0006.002

[58] J. Lacan, Escritos 2, op. cit., p. 763.

[59] Ídem.

[60] Ídem.

[61] J. Lacan, Los cuatro conceptos…op. cit., p. 243.

[62] Ibid, p. 226

[63] Ibid, p. 219

[64] Ibíd. p. 222

[65] Ibíd. p. 243

[66] J. Butler, Sujetos del deseo…op. cit., p. 272.

[67] “(…) para responder a esta captura, el sujeto, (…) responde con la falta antecedente, con su propia desaparición, que aquí sitúa en el punto de la falta percibida en el Otro. El primer objeto que propone a ese deseo parental cuyo objeto no conoce, es su propia pérdida –¿Puede perderme? El fantasma de su muerte, de su desaparición, es el primer objeto que el sujeto tiene para poner en juego en esta dialéctica y, en efecto, lo hace (…)” en J. Lacan, Los cuatro conceptos…op cit., p. 222.

[68] Ibíd. p. 229

[69] J. Butler, Sujetos del deseo…op. cit., p. 278.


*Este texto forma parte del libro Sujeto. Una categoría en disputa. Programa de Estudios en teoría Política del Centro de Investigaciones y Estudios sobre Cultura y Sociedad (CONICET y UNC). 

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