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Un dique contra el Pacífico

Un dique contra el Pacífico

Azar-destino-invención

Miriam Pais

 

¿Qué es lo que quieres de mí?
¿Qué es lo que quieres saber?
No me verás arrodillado
No me verás arrodillado
Dicen que ya no soy yo
Que estoy más loco que ayer
Y matan a pobres corazones

 

Camina al mercado, cansino. La cotidianeidad de los días. Esas cosas que se hacen sin pensar. Quehaceres diarios, como sin darse cuenta. Breve conversación con el mercante, que acota el tiempo sus lejanas lenguas en el encuentro. Repregunta y el repite, así el chino asiente, y él se va con sus ingredientes de almuerzo. La vida…

Es el inicio de “Segundo subsuelo”. Un documental, un testimonio, una denuncia que es proclama. Film, que del horror hace poesía, bellamente dirigido por Oriana Castro y Nicolás Martínez. Cuando la terminé de ver, no podía escapar a la idea, de que caprichoso y venturoso puede ser el azar, aún después del  infierno, porque aún hay vida.

1976, para quienes vivimos en estas latitudes, no puede menos que hacernos signo. Con resonancias que obedecerán a esas condiciones inconscientes de cada quien. 1976 es el inicio de la historia que se relata, que es la historia de un sujeto,  lo Real arrasa y es horror. Terrorismo de Estado se impone regidor.

El “Portu”, es “chupado”, encapuchado, le arrebatan sus botas nuevas, y así son sus pies, piel directa al suelo, su memoria. Y se cae, y estalla su cara. Y los matones que secundan corren a levantarlo, y es charco de sangre y le levantan la capucha unos segundos, y tras cortina de sangre, sus ojos. Llegaron al lugar.

1987, ha armado su oficio, fotógrafo. De aquel maldito primer azar de este recorte,  el Portu, con sus marcas supo hacer. Están filmando el video clip de “Ciudad de pobres corazones”, el set es en el primer subsuelo de Galerías Pacifico, derruido, ruinas propias de esa rabia hecha canción en la que Fito exorciza los asesinatos de su abuela y su tía. Descanso, él sentado, comienza una danza involuntaria con sus pies, corre el polvo que no deja ver el piso, y lo innombrable. Sus ojos tras cortina de sangre, reencuentro con aquel detalle de mosaico, la memoria epidérmica de suelo liso. Ninguna articulación significante. Un precipitar que toma el cuerpo. Lo descompone. Blancura de muerte. No sabe que le pasa. Autómata, un cuerpo se anima sólo. Camina, escaleras abajo… y el horror. Aún quedaban restos de ropas, argollas dónde amarraban las cadenas… las celdas. Nunca había sabido donde habías estado durante su desaparición. No hay palabras, encuentra cómo única tramitación irse del país, y el silencio.

Muchos años después, los Juicios de Lesa Humanidad han sido reabiertos. Un par de amigos lo convencen de que presente la querella, de que los tiempos políticos han cambiado. Y algo empieza a animarse, no sólo lo hace sino que empieza a investigar y posibilita el encuentro con otros, lazos que envidan. Consiente a realizar el film. Aún hoy manifiesta que de aquello le es muy difícil hablar. Su interés es social, le interesa que la sociedad sepa de aquel Pacífico del terror, y en eso un dique que proteja ante el agujero que abisma.

Pasolini, sostenía que en la sociedad de consumo lo único que puede escapar a su fatal destino es el poema. El parletre en su hechura de letra y cuerpo entraña la paradójica potencia de destrucción y creación, y en eso sólo el sujeto como efecto.

Lacan propone en el discurso psicoanalítico, como fructífera producción el encuentro de esa huella de S1 que le es propia, en la posibilidad así, de singular invención.

El orden de civilización que impere,  tiene la posibilidad de incidir en la subjetividad, podrá achatar el efecto de poesía del sujeto, o habilitará una escritura otra si su gramática lo permite. El crimen así ya no es perfecto.

El sujeto lleva marcas que surcan destino, pero el azar puede permitir una variación de escritura. Como el Portu y su dique que lo apoema.

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