Skip to main content
Publicaciones

A modo de prólogo. Jorge Alemán

By 2 septiembre, 2019julio 28th, 2021No Comments

Territorios, escrituras y destinos de la memoria
Diálogo interdisciplinario abierto

Jorge Alemán

 

Quiero dar testimonio del apoyo y admiración que me produce este proyecto inédito. No conozco ningún lugar del mundo donde exista algo bajo el nombre de Territorios Clínicos de la Memoria. Voy a intentar improvisar algunos interrogantes que este tema suscita.

En Occidente, después del paradigma de todos los genocidios que fue Auschwitz, o sea, el genocidio nazi y Auschwitz como el nombre que se transformó en la metáfora más determinante de ese genocidio, se inaugura todo un campo de pensamiento acerca de cómo dar testimonio de ello, cómo se puede dar cuenta del horror sabiendo de entrada que en el horror mismo subyace algo que no es representable, que el lenguaje no puede absorber. Y sin embargo, la condición del testimonio es habitar en esa frontera donde se contornea eso imposible de decir y a la vez se demanda el testimonio y la transmisión del mismo.

Hay toda una filosofía del Holocausto, distintos pensadores. Todos conocemos la célebre sentencia de Adorno, que después de Auschwitz no se puede escribir más poesía, que particularmente no la entiendo como cancelar la experiencia poética sino más bien tener muchísimo cuidado, indagar de manera radical sobre aquellas experiencias del lenguaje que se encuentran con aquello que es imposible de decir, como es el caso en que se dan estas cuestiones que van del horror del genocidio a la aparición del testimonio.

Si bien en Europa hay una serie de autores que vuelven sobre qué es dar testimonio del horror, reconociendo esta imposibilidad, porque los propios modos de producción de subjetividad, las propias corporaciones mediáticas son capaces de velar el horror con el horror mismo, mostrándolo (por lo tanto hay una nueva estrategia), los filósofos que pensaron aquellas experiencias del genocidio tenían como horizonte histórico el totalitarismo, pero en el interior mismo de las democracias hay procedimientos que surgen de los nuevos dispositivos neoliberales que, mostrándolo todo, a la vez logran que no ocurra nada. Es decir, hacer desaparecer la fuerza interpelante que tiene la relación entre el horror y el testimonio.

Hace unos días apareció un niño sirio muerto en las costas de Turquía que duró (como imagen) un buen rato, porque era un niño reconocible y de piel blanca, pero no creo que haya logrado tener ni siquiera nombre propio.

Sucede en un mundo donde hay miles y miles de personas concentradas en distintos lugares y en el que se consuma tal vez uno de los proyectos dentro del sistema democrático más determinantes del neoliberalismo actual: morir sin biografía, sin duelo, ni relato histórico de esa vida, ni ninguno de los episodios que constituyen los núcleos vitales de una existencia. Y esto pasa en el seno mismo de los sistemas democráticos.

Ya no es el problema de la experiencia totalitaria que hizo pensar a Primo Levi, a Semprún, a Sartre, a la Escuela de Frankfurt. Esto ya es un nuevo horizonte que debe ser tenido en cuenta en este aspecto: mientras que en la lógica del testimonio se juega una relación con lo imposible, los dispositivos neoliberales de producción de subjetividad están hechos para que ese imposible sea borrado. Para que todo sea llevado a la imagen, a la presencia, al número, al cálculo, a la contabilidad. De hecho, la corriente negacionista mundial que empieza a instalarse por todas partes es una estrategia que juega siempre con esto, poner a los números en danza: que tal cifra, no, que fue tal otra, y ahí mismo ya se intenta cancelar este límite entre lo imposible de decir del testimonio y la transmisión.

Tenemos lo que Fabiana Rousseaux llama “lo innúmero”, algo que jamás puede ser numerable ni contabilizable, y sin embargo se ponen en acto en lugares democráticos las famosas cifras de la contabilidad. Por eso creo que tiene un enorme valor político esta antinomia que hay entre las diversas formas de producción de la subjetividad contemporánea, donde tratan de que todo sea lleva- do a la imagen, a la presencia, y el testimonio como un lugar de custodia. Por eso la palabra territorio me parece muy pertinente como custodia de un lugar que aun quiere preservar esta relación entre lo que se puede decir y lo imposible de decir, y a la vez que la sociedad del espectáculo de modo obsceno no lo integre en sus procedimientos. Ya han habido miles de películas, de documentales, y no sabemos hasta dónde –ese debate siempre continúa– eso ha preservado la fuerza interpelante que le corresponde.

Esa misma imposibilidad que hay entre el testimonio y lo que se pone en juego, el intento de dar cuenta de aquello de lo que no se puede dar cuenta pero es un deber dar cuenta, es la misma relación de imposibilidad que hay entre el derecho y la justicia. El derecho es la instancia que se ocupa de la justicia. El derecho es aquello que con respecto a la justicia instaura una serie de procedimientos, pero hay justicia en la medida en que no todo queda en el campo del derecho. Es decir, hay una imposibilidad que se pone en juego entre el derecho y la injusticia, si esa imposibilidad se cancela, si todo queda en el campo del derecho y no se pone en juego esa relación con la justicia, el testimonio pierde su fuerza interpelante.

Es lo que pasó en Europa: los derechos humanos son una subdivisión de las instituciones y no afectan en absoluto a ningún proceso político. El gran tesoro de Argentina en ese sentido –vuelvo aquí con la palabra custodiar y la palabra territorio– ha sido lograr que estas experiencias hicieran conjugar algo inédito: los testimonios de las víctimas y una política de Estado, algo nada habitual ni nada sencillo de articular.

Aquí se ha inventado un sujeto político, algo muy distinto a formar parte de una estructura institucional, de un capítulo o sección de los derechos humanos que todos los países de Europa tienen. Esto es otra cosa, esto que ocurrió con los derechos humanos en este país dio lugar a un sujeto político sin precedentes. Si bien se articuló a una política de Estado, se mantuvo siempre en su manera de tratar a los testimonios y las políticas de memoria una tensión permanente que no se redujo a lo administrativo, jurídico, o de derecho. Mantuvo siempre la conexión con lo imposible, la justicia.

Hace un tiempo atrás estaba leyendo a un gran helenista. En el mundo griego había distintos dioses que se repartían según las funciones que les concernían a cada uno para asegurar la vida de la polis, la ciudad. Y Zeus dice en un momento –en los textos que se recogen en esa época a través de Aristóteles– que si uno no introduce antes que el derecho, la vergüenza y la justicia (Aidos y Diké), no hay derecho que funcione. Son la precondición para que el orden jurídico entre en funcionamiento. Justicia y vergüenza. Son las dos experiencias que los dispositivos neoliberales actuales en su producción de subjetividad, en su intento de borrar toda imposibilidad, de llevar todo a la sociedad de control, a la sociedad del espectáculo, borran.

Todos estamos interrogados, todos, en Argentina, en muchos lugares de América Latina, y por fin en algunos lugares de Europa, por cuál es la manera de establecer una política transformadora en el campo del neoliberalismo. No hay punto de partida ni propuesta política que sea auténticamente transformadora si no tiene como punto de partida lo que en Argentina se logró construir como experiencia de lo político a través de los derechos humanos. Suce- dió algo donde la política de Estado no fue la única condición para que esa fuerza verdaderamente existiese de otra manera.

Hay algo también inédito: la referencia a lo interdisciplinario. Me refiero aquí al psicoanálisis, y en la aproximación al psicoanálisis no es que se psicoanaliza al testimonio o al testigo. Es a la inversa, desde el testigo y el testimonio se interpela al psicoanálisis. Junto con la invención del sujeto político me parece una operación extraordinaria, no tanto el ensayo de “vamos a ver qué puede decir el psicoanálisis de esto”, sino cómo es el psicoanálisis después de esto. Y con esto concluyo mostrando mi admiración por este proyecto.


*Este texto prologa el libro Territorios, escrituras y destino de la memoria. Diálogo interdisciplinario abierto (comp. Fabiana Rousseaux y Stella Segado). También fue leído por su autor en el marco de la primera presentación de TeCMe (Territorios Clínicos de la Memoria), en el Centro Cultural de la Cooperación, en septiembre de 2016.

Compartir: