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Entrevistas

La muerte y el duelo como cuestiones de Estado

By 19 octubre, 2021diciembre 7th, 2021No Comments

Por Fabiana Rousseaux en la revista Contraeditorial

Podemos decir que la pandemia, por diversas razones, está más del lado de la irrupción de lo que Lacan llama “lo real” que de la realidad, o dicho de otro modo, del lado de lo imposible de simbolizar en las coordenadas actuales, como bien lo definió Jorge Alemán en su libro Pandemonium.

En este marco, uno de los temas que ha cobrado enorme centralidad es, sin dudas, el debate acerca del lugar de los Estados, debido a la fragilidad a la que ha quedado expuesta gran parte de la población mundial y de los gobiernos democráticos, de tinte popular, en particular de los países latinoamericanos, aunque no tan solo.

A medida que avanzan los procesos eleccionarios, se pone en evidencia que ese aspecto inmanejable y desbordante de la pandemia comienza a arrasar con estos proyectos. Muchísimos gobiernos populares o de raigambre social-demócrata, que sostuvieron políticas de cuidado frente a políticas de excepción, han perdido comicios en el mundo entero y esto, más allá de la urgencia electoral, no puede soslayar otro orden de preguntas más a largo plazo.

En nuestro país, tomando algunas de las experiencias políticas al interior del  Estado que antecedieron a este momento pandémico –y también al paso dramático de la gestión anterior–, podemos anudar ciertas trazas que dejaron aquellas circunstancias, que se pusieron en cruz con la reproducción ilimitada de la desidia a la que suelen estar vinculadas esas políticas. Apuntar a ello es entrar en escenarios inesperados para el propio Estado, como es el de introducir al Sujeto del lenguaje en sus dispositivos burocráticos.

Por más complejo que parezca, una apuesta de ese calibre existió y permitió enlazar una ética político-deseante, proveniente del campo de los derechos humanos, con las lógicas estatales. Fue posible a partir del quebrantamiento de una (i)racionalidad monolítica, donde la burocracia arrasa con toda pregunta, con toda división, con todo deseo. Sin embargo, al recoger de modo impensado las históricas demandas y cuando ya habían transcurrido tres décadas de los acontecimientos extremadamente traumáticos del terror, ese no-todo del sujeto del lenguaje irrumpió en escena, abriendo un dique inesperado que fue avanzando por diversos intersticios adormecidos.

La escritura excepcional que se produjo en un encuentro contingente e inestable entre burocracia estatal y sujeto deseante anudó algo nuevo, y si en algo se han tocado sus lógicas es en dirigirse a sujetos y ciudadanos responsables.

Ya en 1937, Freud advirtió que existen tres profesiones imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar, y no lo hizo sobre la idea de que esa imposibilidad las tornaba inviables para ser ejercidas, sino que las ponía en un lugar singular, en tanto organizadas alrededor de un imposible, plagado de contradicciones y sin garantías, donde solo retroactivamente se puede decir si algo nuevo operó o no allí.

Alejados de todo esencialismo, podríamos definirlos como oficios del no-todo. Más tarde, Lacan, en la formalización que hace de los discursos1Jacques Lacan establece la formalización de cuatro discursos: discurso del amo, discurso histérico, discurso universitario y discurso del analista. Además, introdujo la formalización del discurso capitalista, al que llamó “el más astuto de todos” y lo definió como un pseudo-discurso que rechaza lo imposible y que se forma a partir de una pequeña torsión del discurso del amo. –entendidos aquí como lazos sociales–, parte de asumir esos tres imposibles freudianos, resaltando que a lo real que insiste no se lo puede domeñar. Es decir, no se lo puede integrar a lo simbólico, por lo tanto debemos saber que a ese riesgo estamos expuestos todos por el solo hecho de hablar, y que esa amenaza toca también a las múltiples experiencias sociales y estatales –aún las más emancipatorias–, donde la pulsión de muerte puede amenazar a sus estructuras ante la irrupción de algún significante que, en términos freudianos, no haya tenido su inscripción, o en términos de Lacan, introduzca la ferocidad del sinsentido.

En las instituciones esto se juega de un modo radical y quizás la pandemia es una oportunidad extraordinaria para pensar sobre las funciones, los lugares  encarnados en medio de la radicalidad de esos límites, en medio de lo fallido,  de lo que ya no hace de velo ante los obstáculos. Entre otras cosas, la pandemia puso en evidencia lo limítrofe que hay en todo ello y por eso hablamos de la irrupción de un real imposible. En relación a esto, el psicoanálisis siempre viene a introducir un cierto exilio inexorable de las certezas que encarna el discurso político.

¿Se puede soportar lo imposible –en el sentido freudiano– que tiene la función de gobernar en momentos límites? La falta de velos ante la realidad pandémica, la convivencia con la muerte masiva, nos puso frente a la impotencia que provoca ser testigos de la afectación de ritos constitutivos de lo humano, como es el rito funerario –y su relación con el lenguaje–, entre otras enormes renuncias impensables por las que hemos transitado durante este año y medio, como la amenaza de desanudamiento de los lazos sociales. En las últimas semanas nos hemos encontrado con algo de este orden, que comienza a vislumbrarse.

Para quienes vemos allí un gran riesgo, nos cabe la pregunta sobre si habrá algún resquicio que instale una marca diferencial entre Estados reproductores de violaciones de derechos en pandemia –como Brasil– y Estados que, en su intento fallido como lo es toda función simbólica, asumen el lugar de responsabilizarse de sus políticas ante la magnitud traumática e inmanejable de la muerte en lo pandémico.

Las economías arrasadas, el dolor del hambre, la parálisis, la afectación del tiempo y del espacio, la suspensión de los ritos mortuorios y los jurídicos –quienes intervienen en procesos judiciales contra delitos de lesa humanidad lo saben– traen a la centralidad de la escena la cuestión de qué hacen los Estados con todo eso. El dolor en su forma pura, otra vez, dominando todo.

Muchos colegas que intervienen en diversos ámbitos hospitalarios se vieron frente a situaciones muy extremas. Y aún en plena tiranía de la muerte, se generaron dispositivos públicos que no existían, con el intento de acompañar, sostener, escuchar con seriedad y tiempo, el dolor ante la muerte. Suspender la urgencia por un rato y dar lugar a lo que no puede entrar en la lógica burocratizada sin que arroje consecuencias nefastas en lo por-venir es algo que no ocurrió en ningún otro país de la región. Detenerse a pensar en estos “detalles del lenguaje” frente a la urgencia del último tramo de la existencia en pandemia quizás marque la diferencia entre dignificar la muerte o arrasar con todo, donde bajo el significante sanitario “a secas” se puede derivar muy rápidamente hacia las políticas de excepción.

Como sociedad, tenemos una experiencia muy cercana en cuanto a lo que significa la imposibilidad de ritualizar la muerte, hemos atravesado esa vivencia insondable, por lo cual el tratamiento de la muerte y del duelo es una cuestión de Estado en nuestro país. Si no lo es, sus efectos retornan de inmediato.

Entonces, podemos recordar que durante este tiempo, en gran parte de América Latina, los muertos se anonimizaron y “cayeron” como trapos en fosas comunes, sin saber siquiera dónde está cada uno exactamente, como impúdicamente mostraron los gobiernos de Brasil y otros en la región; también hubo familiares que buscaron a sus seres queridos sin ninguna respuesta estatal, como ocurrió en Colombia; cuerpos que desaparecieron en la cifra de la muerte masiva y sin rostro, pero también sin Estado, o con Estados que solo aplicaron políticas sanitarias con la lógica del control, sin construir ningún otro canal que haga posible la implementación de esas políticas para que recién allí puedan inscribirse bajo el significante del cuidado.

Una necesaria burocracia de la muerte escrita y dignificada, en un continente plagado de restos sin nombre, en medio de la proximidad simbólica entre este escenario actual con las imágenes de excavaciones de tumbas –que en algunas personas tocadas por las experiencias concentracionarias se convirtieron en el significante representante de las “fosas clandestinas”–, es la frontera que marca una política de Estado ante la muerte y el duelo. En nuestro país, el acto de inscripción de esos fallecimientos, bajo una lógica simbólica del cuidado de lo común, puede provocar aún otro desenlace, diverso respecto del desamparo absoluto que se vive en pandemia en otros Estados.

La máquina de tragar historias e indignificar a la muerte y a los muertos, ¿encontrará algún costo ante la espectacularidad del discurso destituyente, que se suma al delirio desatado por los nuevos libertarios, poniendo en escena lo odiante, lo que irrumpió vociferando la profanación del dolor, clamando incluso por más muertes –¿recordamos?–, como condición para creer en la existencia del virus? ¿O la pulsión de muerte solo nos acechará a nosotros?

“La infectadura”, las demandas por genocidio a la OMS denunciando el “encierro”; las acusaciones al Presidente por envenenamiento ante la llegada de vacunas en plena pandemia, ¿tendrán alguna traducción más allá del espectáculo cruento?

A partir de nuestra extensa experiencia con el movimiento de derechos humanos en la Argentina, no podemos pasar por alto la pregunta por las condiciones de posibilidad que pueden operar respecto de estos temas, porque eso marca una diferencia determinante en momentos donde las políticas de derechos humanos se anudaron fuertemente a las políticas sanitarias. Si el Estado no asumiera responsabilidades que no son solo sanitarias, ni solo económicas, sino también del orden del lenguaje, del orden simbólico, ¿qué retornos tendría ello en medio de la masividad y la convivencia con la muerte?

La pandemia, ya en el estadio de sus evidentes consecuencias económicas, sigue jaqueando a cada paso lo construido, y en estos delicadísimos momentos el circuito ilimitado del odio irresponsable puede relanzar la cara más feroz de la pulsión de muerte.

Quienes pudimos estar cerca de la construcción de políticas sanitarias de lo urgente en estos meses, tenemos la responsabilidad de hacer consistir ese enorme esfuerzo en nuevas marcas. Y ahí el lazo ciudadanos/as–Estado hace un movimiento dialéctico para dirigir también la pregunta a quienes encarnan el lugar de la responsabilidad social. El Estado existe en sus políticas, en todas, no solo en actos aislados, porque entre acto y acto hay agujeros, porque entre significante y significante hay intervalo, “no hay” es lo que hay y con eso inventaremos lo por-venir.

¿Los legados históricos constituyen un freno ante la decepción de lo que no marcha? Si lo hacen, ¿tendremos oportunidad de asumir lo que nos toca socialmente? El negacionismo dejado como contra-marca por el gobierno anterior puede ser el gran vencedor de este acto de responsabilidad al que nos enfrentamos. Todavía no está dicha la última palabra y el “pueblo”, como categoría inestable, quizás pueda constituirse en su endeblez por un rato y enfrentar el odio obsceno, profanatorio de todas las memorias. Para ello, debemos estar muy advertidos de esas lógicas.

Este breve escrito también podría llamarse “Amor y memoria”, como hace pocas semanas atrás refirió una mujer que encarna el lugar de lo que ocurre cuando el Estado escucha, hace lugar y afronta la decisión de poner a jugar todas las fragilidades con las que está hecho el lazo social. Pero por eso mismo, para hacer honor a esa frase, no podemos ser incautos sobre el acecho de la muerte y de las pasiones destructivas de las que no estamos exentos.

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    Jacques Lacan establece la formalización de cuatro discursos: discurso del amo, discurso histérico, discurso universitario y discurso del analista. Además, introdujo la formalización del discurso capitalista, al que llamó “el más astuto de todos” y lo definió como un pseudo-discurso que rechaza lo imposible y que se forma a partir de una pequeña torsión del discurso del amo.
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